El Rincón del Escriba

Hacía mucho que conocía de la existencia de este libro y de sus continuaciones, claro. De hecho, también había visto la película, que no me desagradó. Pero hace poco me recomendaron encarecidamente el libro, así que me animé a cogerlo de la biblioteca y probar qué tal estaba.

El resultado me agradó, y mucho. Tanto, que lo terminé en una semana y al día siguiente estaba con el segundo libro. “Eragon” es una historia de fantasía fresca, dinámica y bien escrita (y los que hayáis visto la película, os aseguro que se comieron más de la mitad). Engancha desde las primeras páginas. Y lo que es más notable, cuando empezó a escribirse, su autor tenía quince años, algo digno de mérito en un mercado que parece reservado a los autores de best-sellers consagrados.

“Tras el Armagedón…” Capítulo IX

La historia desde el principio

“En el corazón del templo, Fram vio cómo aquel cadáver, del que sólo quedaban huesos y tendones resecos movidos imposiblemente por la voluntad del Necromante, terminaba de borrar, haciendo un gesto arcano, los símbolos mágicos que lo habían mantenido preso. Llevado por el destino o la fatalidad, el guerrero había sido el responsable de que aquella criatura estuviese ahora frente a él; su mente trabajaba a toda velocidad, sopesando qué oportunidades tenía de salir vivo de allí. ¿Hasta qué punto podía confiar en el capricho o la misericordia de los dos puntos de luz demente que brillaban en el fondo de aquel cráneo?

Fram había conocido muchos amos en su carrera de mercenario. Había visto la muerte de cerca más veces de las que podía recordar, y sabía que no era contar con la piedad del brujo lo que lo sacaría de allí. Tampoco podía huir: aunque el hechicero lo dejase escapar, sólo tenía leguas y leguas de desierto a su alrededor. A pesar de la aprensión que le inspiraba la idea, sabía que tenía que seguirle el juego al muerto viviente.

– ¿Qué vais a hacer, mi señor?

Rargon lo miró, provocándole un escalofrío. ¿Podía aquella criatura, dotada con la perspicacia de milenios de vida, penetrar en sus pensamientos?

– ¿Hacer? Framvald, tengo una labor que terminar.

– Mi señor, no os entiendo. ¿Cómo os puedo servir? Mi espada es fuerte y diestra, pero ahora estamos lejos de cualquier ciudad y me hallo al borde de la inanición. Con gusto me pondré a vuestro servicio, pero tengo necesidades que… que vos no tenéis.

– No, pequeño. Yo también me encuentro famélico. Ambos necesitamos sustento: tú de vulgar carne de animales y bebida, yo de carne de dioses. Somos hermanos de hambre, y si me sirves, te garantizo que te saciarás como yo. Pero ahora no es el momento, aún no.

Fram temió que el muerto viviente, absorto en sus visiones internas, no comprendiera que él precisaba alimento a no mucho tardar. Rargon siguió hablando.

– Éste será nuestro santuario, pero no como está. Deseo otra cosa.

El guerrero contempló asombrado cómo el hechicero cadáver alzaba los brazos y empezaba a entonar un impío ensalmo con voz hueca, antinatural, resonando entre los muros del templo. Acto seguido, todo empezó a temblar. Las columnas se agitaron, el suelo de piedra se volvió inestable, polvo y piedras cayeron desde el techo al tiempo que, por todo el mausoleo excavado en la montaña, los pasillos se retorcían y se remodelaban forzados por la voluntad del Necromante. Fram corrió a resguardarse tras una columna, esquivando la lluvia de escombros, pensando que lo único que conseguiría Rargon sería sepultarlos en vida.

El brujo continuó su encantamiento varios minutos más, mientras obligaba a que los corredores y las salas desaparecieran, se formaran y se recrearan, como si en vez de roca fuese blanda arcilla. Cuando Rargon cesó, aún cayó polvo y tierra y sonaron crujidos a medida que la piedra terminaba de reacomodarse.

– Ya está. Ahora tengo un palacio digno. Ven, Framvald de Eskaldia.

Titubeando, el guerrero siguió los pasos del cadáver a través de los pasillos de piedra. Desandaban el camino que él había tomado para llegar hasta allí y, sin embargo, no reconocía el lugar. Había escaleras, recodos, estatuas y bifurcaciones que antes estaba dispuesto a jurar que no estaban. Fram se hallaba sobrecogido. ¿Hasta dónde llegaba el poder de aquella criatura para remodelar un templo con su magia en cuestión de minutos?

Rargon señaló una cámara lateral con su huesuda mano.

– Entra y mira.

Fram se asomó a la estancia. Perplejo e incrédulo, vio una gran mesa de piedra con un suntuoso banquete sobre ella. Aves cocinadas, frutas, vino, miel y otros manjares golpearon al hambriento mercenario con su visión y sus olores.¿Era real todo aquello? ¿De dónde había salido?

– Aún no, pequeño – dijo la reseca voz del Necromante. – Antes has de ver otra cosa.

Continuaron caminando un poco más, bajando varios tramos de estrechas escaleras de piedra. Rargon caminaba delante, y aunque él no necesitaba luz alguna, había conjurado un fulgor azulado y frío. Finalmente llegaron hasta un pasillo largo cuyo final se perdía en la negrura. A ambos lados se veían hileras de arcos que conducían a criptas laterales. Rargon entró en la primera, y Fram, detrás de él, pudo ver cuatro largas filas de sepulcros, todos abiertos.

– Contempla parte del ejército del que te haré general.

Rargon pronunció otra palabra en un idioma prohibido, y luego exhaló una vaharada de vapor sulfuroso a través de sus podridos pulmones. El hálito nigromántico avanzó y fue extendiéndose por la sala, y a medida que pasaba sobre cada una de las tumbas, se alzaban de ella espectros, esqueletos y cadáveres, hasta que cerca de un centenar de muertos se ordenaron en la cripta, como una legión esperando a pasar revista.

Fram los observó, sintiéndose como en un macabro y lúgubre sueño. Horas atrás se encontraba agonizando en el desierto, y ahora un brujo demente muerto hace milenios le colocaba a la cabeza de una horda de muertos. A pesar de la aprensión que le producía el cadáver del necromante y el miedo que éste le inspiraba, sabía que había dejado de ser dueño de su destino. Y se preguntaba si aquello no terminaba de agradarle.

– Tendrás que tener paciencia, pequeño – murmuró el hechicero muerto. – Aún tengo que conocer cosas y fortalecerme, y tramar mis propios planes. Pero pronto nos pondremos en marcha, y el mundo sabrá que de nuevo Rargon el Dios ha resucitado.

El Rincón del Escriba

Hoy, en El Rincón del Escriba, os traemos unos libros muy particulares. Formaban parte de una colección, por desgracia ya descatalogada, llamada “Dungeons&Dragons – Aventura sin fin”. Los que tuvisteis la suerte de conocerlos y leerlos seguramente coincidiréis que eran pequeñas joyas, y a muchos – autor incluido – nos engancharon al género fantástico y al rol. Los que no, os animo a que los busquéis, que con un poco de suerte aún se encuentran títulos sueltos en ferias del libro y tiendas de libros de segunda mano.

 

La colección constaba de veintitrés títulos, a cuál mejor, aunque todos teníamos nuestros favoritos. Las ilustraciones – tanto de portada como interiores – eran un lujazo. Los he leído incontables veces, escogiendo rumbos distintos en cada ocasión, y disfrutando con sus monstruos, aventuras y variados finales.

 Ojalá hoy se volviesen a poner “de moda”, como ocurrió allá por los noventa, esta clase de libros, en los que el lector iba escogiendo cómo transcurría la historia. En su momento había un montón de colecciones, cada una de temáticas distintas, y de muy buena calidad. Pienso que sería una manera inmejorable de incitar a los más jóvenes a la lectura, que falta nos hace.