El Rincón del Escriba

Nuestra biblioteca de fantasía épica no se olvida de los clásicos, pues éste es quizás el género más antiguo de todos. Al fin y al cabo, antes de haber siquiera ciudades ya se contaban en las hogueras de las tribus historias sobre los dioses, guerreros y monstruos de los días antiguos.

La Odisea” de Homero es uno de esos relatos tan grandes que, como ocurre con “Drácula” o “El Quijote”, incluso los que no han leído el libro saben un poco de qué va: cíclopes, hechiceras, la multicéfala Escila, el monstruoso Caribdis, la isla de los lotófagos… y una espectacular escena final que no desvelaremos por si todavía queda algún despistado que no sabe cómo termina la historia.

Podéis encontrar tanto el libro original como versiones juveniles adaptadas, y varias películas entre las que destacaremos una protagonizada por Armand Assante y sobre todo otra con Kirk Douglas en el papel de Ulises (u Odiseo). Incluso hace no mucho salió una adaptación al cómic, que aún no he tenido ocasión de leer, pero que demuestra que el relato de Homero lo vale.

 

 

Al fin y al cabo, “La Odisea” es el relato de aventuras arquetípico. Se trata de una historia que ha sobrevivido durante más de 29 siglos, así que algo tendrá de especial.

Consejos de Bardo: Documéntate

En nuestro artículo anterior hablamos de lo primero que hacía falta si queríamos escribir nuestro propio relato de fantasía épica (o de lo que fuera, que estos consejos valen para cualquier género). Ese punto de partida era tener una IDEA. Recordemos que no hacía falta que esa idea fuese larga y elaborada, ni que pensáramos todo el guión de la historia: bastaba con una escena, una imagen, un personaje, un momento… algo que, cuando pensamos en ello no solamente nos guste, sino que nos entusiasme, y de lo cual nos gustaría saber qué más sucede.

Con eso en mente, el siguiente paso es documentarse. Es difícil escribir acerca de algo de lo que no se tiene conocimiento, e incluso si lo hacemos empezarán a salir fallos por todos lados. Los grandes escritores se pasan casi más tiempo documentándose para sus historias que escribiéndolas. Nosotros tampoco hace falta que lleguemos a ese punto, pero sí lo suficiente como para que sepamos cómo vestía la gente en la época, por ejemplo, y no aparezcan anacronismos escandalosos. Nada rompe más el ritmo de una aventura como leer “el cazador de dragones sacó su paraguas para hacer frente al aguacero al salir del castillo”.

Los lugares donde podemos conseguir información son casi infinitos, y la existencia de internet facilita un montón la vida. Si necesitamos saber qué armas se utilizaban en el Japón medieval, nos basta con buscar las palabras clave y nos saldrán un montón de páginas con fotos. ¿Cómo vestían en el siglo XIII? ¿Cómo era la sociedad entre los nómadas mongoles? ¿Cuánto tardaba un trayecto de seiscientos kilómetros en barco? También podemos vernos unas cuantas películas del estilo que queramos escribir nuestro relato (películas buenas, se entiende), o leer algunos libros. Puede parecerte una fase tediosa, pero no lo es: a medida que te vayas documentando, las ideas empezarán a brotar en tu cabeza como hongos tras un día de lluvia, y pensarás continuamente “Esto estaría bien meterlo”, “Me gustaría que saliera un castillo como éste” o “Anda, esto de que los nobles usaban anillos con compartimentos para veneno no está nada mal…”.

Además, ten en cuenta que lo que te documentes para una historia no te sirve sólo para esa. Si una época o ambientación te gusta mucho, la misma información te valdrá para todas ellas, ¡Y a base de buscar y leer acabarás convirtiéndote en todo un experto o experta en la materia!

Interludio oscuro

“Fram entró, no sin cierta reticencia, en la cámara que su señor Rargon había adoptado como Sancta Sanctorum. Desde que, empujado por su instinto de supervivencia, se había puesto al servicio del lich, el mercenario había disfrutado de una paradójica libertad. Por un lado, era libre de moverse por el extraño templo, aunque Fram prefiriese no adentrarse mucho en él. Podía disponer de su tiempo como quisiera, y siempre que lo necesitaba encontraba comida, frutas y vino dispuestos para saciar su apetito. Pero por otro, vivía con la sensación de tener una espada colgando sobre su cabeza, temiendo la negra locura del hechicero muerto. Hasta el momento, Rargon parecía haber cogido bajo su mecenazgo al guerrero, deseando incluso que liderara sus huestes malditas; pero ¿quién podía presumir de saber qué pensamientos atravesaban su cerebro descompuesto dentro del cráneo?

El necromante se hallaba en su pedestal de piedra, al pie de la estatua de algún dios gigantesco e innombrable de la antigüedad. Envuelto en sus harapos mortuorios, permanecía ausente, sumido en oscuras meditaciones. Fram aguardó a que el hechicero volviese su atención hacia él, por temor a interrumpirlo.

Lentamente, Rargon salió de sus negras cavilaciones y miró con ojos vacíos y dementes al mercenario.

– ¿Mi señor? – preguntó Fram.

– Adelante, pequeño – dijo el cadáver con voz profunda y rasposa. Luego guardó silencio durante largos segundos antes de proseguir: – ¿Estás listo ya? ¿Ardes en deseos de entrar en batalla?

Fram, para quien la inactividad en aquel polvoriento santuario era como mucho un mal menor, respondió:

– Mi señor, mi espada está a vuestro servicio.

– Bien, bien… – De nuevo Rargon calló unos segundos. – Aún no sabrá el mundo de nuestra sombra, es demasiado pronto. Pero hay que empezar a colocar las piezas. Disponerlo todo… Pequeño, hay muchas cosas que hacer, pero ya he comenzado a moverme, aunque aún no lo comprendas. Desde aquí, en este templo en el confín del mundo, he arrojado mi aliento sobre algunos enclaves de los hombres, y he susurrado a criaturas que permanecían durmiendo en la oscuridad, obligándolas a despertarse.

– ¿Qué queréis de mí, mi señor?

– Marcha al mando de parte de mis legiones, y toma por la fuerza el alcázar de Retsis. Asédialo, conquístalo y tráeme cierto tesoro que guarda en su cámara más profunda.

Fram hizo una breve genuflexión. Aquella noticia era más de su agrado. El fragor de las armas y el olor acre del sudor y la sangre eran familiares para él. Podía entender ese mundo, por más que fuera brutal y despiadado. Hubiese preferido comandar un ejército de soldados, y no de muertos, pero era algo a lo que podía acostumbrarse…

– ¿Mi señor? – se atrevió a preguntar – ¿Debo hacer prisioneros? ¿Reclamar el castillo para vuestro estandarte?

La inexpresiva calavera de Rargon, medio sumida en la oscuridad, contestó con voz lúgubre:

– Mata a todo ser viviente, destruye la fortaleza y siembra sus campos de sal. Que ni tan siquiera un ave escape a la matanza para dar noticias de la hecatombe que se avecina.”

Vídeos épicos: Manowar

En 2007, el grupo de Heavy Metal Manowar lanzó un álbum llamado “Gods of War” inspirado completamente en la mitología nórdica. El tema que os mostramos aquí no es musical, sino una narración sobre una desesperada batalla contra un enemigo superior en número, y una victoria final cuando los héroes del ejército defensor se ven asaltados por un arrebato de furia berserker.