Mis dibujos: Lucha con araña gigante

Una escena de acción que he dibujado y terminado este fin de semana. Siguiendo lo que expusimos en los últimos “Consejos de bardo”, dibujé la araña basándome en una especie real. Primero tenéis el dibujo a tinta en blanco y negro, y debajo, el mismo coloreado utilizando Photoshop.

 

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Vídeos épicos: El rescate del Talismán

Quizás no sea un vídeo épico como los que os hemos estado mostrando hasta ahora en el blog, pero tiene su punto de nostalgia. Pertenece a una época en la que aún había concursos infantiles (¿cuántos de los que hay ahora son exclusivamente para los chavales, en lugar de limitarse a especiales esporádicos en navidad?) y era de los buenos, de los que estimulaban la imaginación y te gustaba realmente verlos. No los ponías como simple banda sonora de fondo. Recuerdo que este concurso en particular lo veíamos siempre, y que incluso nos imaginábamos y reproducíamos después aventuras y pruebas como las que aparecían. ¡Disfrutadlo!

 

 

 

 

“El Sueño Negro”, Capítulo II

La historia desde el principio

“Pabost sonrió ostentosamente ante las palabras del hechicero que había salido a recibirlo.

– Ah, Hildegar, siempre tan agorero como vuestro familiar felino. No conseguiréis agriarme el humor.

– Veo que habéis tenido suerte en vuestro viaje – dijo su interlocutor. Cuando Pabost subió los escalones que los separaban, ambos magos se abrazaron efusivamente. Thiovel permaneció dos pasos más atrás, con semblante neutro, siempre vigilante. – ¿Son eso los restos de un dragón?

– Abatido por la capitana de mi guardia personal – contestó Pabost con orgullo. Thiovel correspondió a las palabras con un modesto asentimiento. – Si queréis, os mostraré el botín antes que a nadie para que podáis escoger el primero. Os haría un precio especial – añadió el orondo mago.

– No lo dudo.

Renqueando, Aarón los condujo al interior de la Torre. Dentro, Thiovel se maravilló ante la magnificencia del edificio. La entrada daba a una amplia sala adornada con ricos tapices poblados de bestias mitológicas, esculturas de tamaño imposible y elaborados adornos en pan de oro. Las arcadas y escaleras convertían el lugar en un auténtico laberinto en el que era fácil desorientarse, y por todas partes podía verse gente entregada a sus menesteres: copistas transportando antiguos volúmenes, hechiceros de las distintas escuelas o novicios con monótonas túnicas grises. La mayoría eran humanos, pero Thiovel distinguió varios jóvenes con rasgos feéricos, un corpulento mago semiorco y un pequeño grupo de herpethan con vistosos ropajes tribales. Los reptiles la miraron de reojo unos segundos antes de regresar a sus conversaciones privadas.

Mientras, Pabost y Aarón charlaban sobre las noticias de Essere en ausencia del mago mercader o las nuevas que éste traía de las tierras por donde había viajado. Era un diálogo cortés, que evitaba el motivo principal de la preocupación del mago de túnica negra. La guerrera sabía que el tema verdaderamente importante se tocaría en los aposentos de Aarón Hildegar, lejos de oídos indiscretos. El tema que explicaba, entre otras cosas, la anormal cantidad de soldados en las calles de la ciudad portuaria.

El gato negro de Aarón seguía el paso del grupo con la indolencia propia de cualquier felino. Thiovel lo sorprendió mirándola fijamente en más de una ocasión, y no pudo evitar un estremecimiento. Había algo especial en la forma en que los ojos color azufre de aquel animal se detenían en ella. Daban la impresión de que la mirada del familiar del mago traspasaba sus pensamientos.

Llegaron finalmente a una especie de salón de lectura, que en esos momentos estaba solitario. Había allí varias mesas grandes de nogal y caoba, todas adornadas con tallas y volutas en sus bordes, amén de varias sillas y algunas alacenas con libros y pergaminos. La estancia estaba iluminada por un enorme caldero de bronce en su centro, en el cual ardía sin necesidad de combustible una gran llama azulada. Aarón cerró la puerta tras ellos e invitó a Pabost a sentarse en uno de los sillones, mientras Thiovel permanecía de pie detrás de su señor.

– Y bien, Hildegar – comenzó diciendo Pabost – ¿Cuáles son esos hechos tan terribles que hacen fruncir más de lo normal vuestro ceño? No he visto en Essere nada anormal, si os digo la verdad…

– No lleváis ni una hora en la ciudad, Pabost. Es lógico que no hayáis advertido las señales del problema. ¿No habéis oído rumores acerca del “sueño negro”?

– Me temo que no.

– Así lo llaman, y quizá no les falte razón. Veréis, Pabost, de un tiempo a esta parte, algunas de las gentes de Essere se han visto afligidas por un extraño mal. Sucede siempre por la noche: el durmiente se levanta de su lecho, sin despertar, y camina como si lo guiara una voluntad ajena a la suya.

– Por los dioses – bufó burlón Pabost – ¿Os preocupan unos casos de sonambulismo?

– No me preocuparían si no fuera porque, invariablemente, todos los sonámbulos caminan hacia el mar, sin que nada pueda variar su rumbo o detenerlos, para luego arrojarse a él y morir ahogados – Pabost dio un respingo. Thiovel no pudo evitar tampoco un gesto de sorpresa. – Los casos no parecen seguir ningún patrón: han caído nobles y plebeyos, de varias partes de la ciudad, niños y ancianos. Uno de ellos llegó a agredir con una fuerza inusitada a un hombre que intentó sujetarlo. La guardia de la ciudad tiene orden de vigilar los muelles y retener a los… “durmientes”.

Pabost manoseó sus anillos con sus gordos dedos y preguntó con semblante grave:

– ¿Cuántos?

– Cincuenta y dos, que hayamos tenido noticias. Posiblemente hubo casos al principio que no trascendieron.

– ¿Qué opina de ello el consejo?

– Se han hablado muchas cosas, pero no se ha concluido nada. Llegáis a tiempo: esta misma tarde nos reuniremos otra vez en la Sala Zafiro.

Pabost asintió y dijo a Aarón que deseaba dejar en orden sus cosas antes del cónclave, y abandonó la cámara. Thiovel se disponía a seguirlo en su papel de guardaespaldas, cuando oyó a Aarón Hildegar decir:

– ¿Os importaría, Pabost, que tuviera algunas palabras con vuestra capitana?

El obeso hechicero arqueó las cejas, extrañado, pero dio su consentimiento. Thiovel, intrigada, se quedó a solas con el mago de túnica negra y su gato. Aarón Hildegar sonrió enigmáticamente.

– Y bien, capitana Thiovel, creo que tenéis algunas preguntas que hacerme…”