Mis Dibujos: más pruebas en 3D

Este fin de semana hemos sacado un poco de tiempo para seguir trasteando con el programa de diseño en 3D. Aquí podéis ver uno de los resultados ¡Irán mejorando con el tiempo!

Un Contemplador entre las ruinas de una isla rodeada de brumas…
¿Qué estará custodiando?

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“El Sueño Negro”, Capítulo IV

La historia desde el principio

“Aarón esperó unos minutos después de que Thiovel se marchara, meditando las implicaciones de sus palabras.

Los sucesos que azotaban Essere habían ocupado su mente en los últimos días: la desconcertante plaga del Sueño Negro y pesadillas indefinibles que lo asaltaban por las noches, como una profecía que luchara por ser pronunciada. Pero no eran los únicos problemas en el horizonte. Alguno de los magos de Essere se había estado comportando de manera extraña, distinta a su forma habitual; el instinto y los agudos sentidos de Thog, su gato negro familiar, habían percibido sutiles diferencias que a él se le habrían pasado por alto. Cierto era que podía deberse a muchas cosas, y él mismo se mostraba más sombrío que de costumbre. Pero si juntaba esa sospecha con la revelación por parte de la capitana de que Atheron el metamorfo rondaba el lugar, el resultado era una combinación inquietante.

Hizo una leve seña al familiar, y Thog se desperezó y bajó de un salto de la mesa donde se había acomodado, siguiendo a su amo a los pasillos de la Torre. Aarón caminó en silencio, saludando apenas a aquellos con los que se cruzaba, hasta que llegó a una zona menos frecuentada, y unas escaleras que descendían a unos sótanos donde pocos bajaban. Tenía allí el necromante sus cámaras de estudio y experimentación: solo algunos hechiceros eran invitados, y los novicios tendían a evitarlas, y Aarón fomentaba esa privacidad, que en las circunstancias actuales le resultaba muy conveniente.

Estrechos pasillos y nuevas escaleras llevaban hasta una sólida puerta con flejes de hierro, de aspecto sólido e infranqueable. Por si no fuese bastante como barrera física, Aarón había dispuesto sobre ella varias guardas mágicas, y dedicó unos instantes a levantarlas para poder entrar.

Una vez dentro, cerró la puerta a sus espaldas y envió una orden mental al guardián que vigilaba perennemente sus dependencias: un gólem del tamaño de un hombre creado a partir de huesos de Dragón. Era una medida adicional de seguridad que había decidido tomar cuando comprobó que el Concilio tenía sus propias intrigas internas y que no todos sus miembros esgrimían motivaciones amistosas. El guardián reconoció los pensamientos de su creador y su familiar, y permaneció en las sombras, alerta y silencioso.

El sancta sanctorum de Aarón Hildegar consistía en varias cámaras amplias de piedra interconectadas, iluminadas por esferas que desprendían una fosforescencia mágica. Estanterías repletas de libros y pergaminos guardados en estuches de cuero embreado ocupaban la mayor parte de las paredes, junto con grabados de anatomía de diversas especies y un gran espejo de marco de plata negra que empleaba en alguno de sus rituales. El resto eran mesas con utensilios de alquimia, fragmentos de extraños minerales, diversas esculturas de bronce y frascos de contenido variopinto. En un rincón destacaba el esqueleto completo de un necrófago, montado en posición semierguida.

Pero sin duda, lo que más atraía la atención en esos momentos no era la macabra osamenta o la parafernalia del hechicero. En una de las habitaciones laterales, encadenada fuertemente a la pared, había una mujer.

Al oir al mago, rugió y tiró de sus grilletes con la furia de un demente. La mujer era una de las afectadas por el Sueño Negro, que Aarón había conseguido capturar y apresar en su laboratorio en secreto: ninguno de los otros hechiceros, que él supiera, tenía noticia de aquel huésped de la Torre.

Mesándose la negra barba donde despuntaban algunas canas, Aarón observó a la mujer desde una distancia prudencial. Estaba demacrada y su piel se había vuelto macilenta y gris, pero toda la fuerza que había escapado de su cuerpo se había convertido en locura concentrada en sus ojos. Babeaba y chillaba como un animal. El Sueño Negro, fuera lo que fuera, le había arrebatado toda su humanidad.

No era una simple enfermedad de sonambulismo, como había comentado Pabost. Se trataba de un enigma más complejo. En todos los aspectos que su ciencia había podido discernir, aquella mujer era una criatura muerta viviente: no comía ni bebía, y estaba impregnada de energías necrománticas. Pero respiraba, su corazón latía y de vez en cuando se sumía en estados de letargo parecidos al sueño. También acusaba la fatiga: Aarón sabía que después de un rato largo de desplegar su furia, la mujer – o la criatura – se desplomaría exhausta, para caer en nuevo estallido de rabia en cuanto hubiese recuperado sus fuerzas.

Aunque ya lo había intentado en otras ocasiones, Aarón pronunció unos versos arcanos que le permitirían entrar en su mente. Penetrar en los pensamientos de un muerto viviente era una disciplina difícil y desagradable, que podía contaminar el propio espíritu del mago si este no tenía suficiente fortaleza y dominio de sí. En cuanto terminó la letanía, un rayo de luz verde unió las frentes de ambos, mientras los dos caían en una especie de trance. Como en ocasiones anteriores, Aarón se sumergió en el pantano infecto de la psique de la criatura, y como en ocasiones anteriores lo único que encontró fue una idea viciada y obsesiva:

Mar mar mar mar mar Mar Mar MAR MAR MARMARMAR…

Aarón interrumpió el contacto, y se apoyó en la pared para recuperar la orientación. Se agarró al familiar tacto mental de Thog, mientras la mujer afectada por el Sueño Negro reanudaba sus esfuerzos por liberarse de las cadenas.

¿Qué acertijo macabro era este? ¿Qué era lo que atacaba al azar a personas para convertirlas en cadáveres semivivientes cuya única fijación era una caminata suicida hacia el mar? Aarón sabía que las respuestas estaban ante él, en aquel especimen encerrado en su laboratorio, pero todos sus esfuerzos hasta el momento habían resultado inútiles.

Esa misma tarde tendría que hablar en el Concilio. Se preguntó cuáles serían sus palabras. Quizás había llegado el momento de sacar a la luz algunos secretos, pero teniendo en cuenta que no podía confiar que algún miembro del Concilio era quien parecía ser, tal idea se le antojaba una mala decisión.”

 

 

Consejos de Bardo: Los Personajes (III)

En las dos entradas anteriores de los Consejos de Bardo hablamos de los héroes y los extras. Hoy vamos a ocuparnos de los que posiblemente sean los más jugosos, entretenidos y, por qué no admitirlo, admirados de todos: los villanos.

Alguien dijo alguna vez que la talla de un héroe se mide por los oponentes a los que se enfrenta ¡Qué gran verdad! ¿Cómo íbamos a saber lo poderoso que es Gandalf si no lo hubiésemos visto plantado frente al Balrog de Moria? Los villanos están ahí para hacerle al héroe la vida imposible y ponerle las cosas difíciles, y demostrarnos con la (normalmente) victoria final del héroe que todos los obstáculos son superables, no importa lo enormes que parezcan.

Si piensas en tus libros o películas de aventuras favoritos, te darás cuenta de que la mayoría se recuerdan por los “malos” ¿Quién ganaría en una encuesta de popularidad, Luke Skywalker o Darth Vader? ¿Drácula o Jonathan Harker? Introducir un buen antagonista para nuestro héroe es una clave del éxito, pero ¿cómo puedo hacer que mi villano sea carismático y memorable? El truco básico es que estos personajes deben tocar al lector, no con una apariencia impresionante (que también ayuda), sino a través de emociones. Vamos a ver algunos consejos haciendo un repaso a una necesariamente breve galería de villanos famosos. Algunos de ellos no pertenecen al ámbito de la fantasía épica, pero los hemos incluido por dos motivos: sus características pueden extrapolarse a cualquier género literario, y ningún muestrario de malosos estaría completo sin ellos (en nuestra humilde opinión). Así pues, ¿cuáles son las emociones a tener en cuenta para construir los mejores villanos?

La impotencia: no la del villano, claro, sino la que sienten los demás frente a él. Piensa en el clásico matón de patio de colegio, que se mete con todos y muy pocos se atreven a hacerle frente porque es más grande, más fuerte o tiene una pandilla detrás que lo secunda. Ante alguien así, el sentimiento habitual es de rabia, y pensar “Ojalá pudiese darle su merecido, pero no puedo”. Un buen ejemplo es Galbatórix, de la saga de Eragon. Durante todo el libro, Galbatórix aparece como un tirano invencible, más fuerte, más astuto, más longevo y más poderoso que cualquier hombre vivo. Al lector, identificado con el protagonista, le dan ganas de acabar con él, pero no se le ocurre cómo puede suceder tal cosa.

La crueldad: los malos de opereta roban bancos o quieren dominar un país (o un reino). Los malos de verdad traspasan los límites y hacen cosas realmente canallas, muchas veces por el solo placer de hacerlas. Torturan, disfrutan causando dolor y carecen de todo escrúpulo. Nadie se nos hace más odioso que el que pervierte lo inocente y se ceba con aquellos que no pueden defenderse. El asesino Artemis Entreri de los relatos de R.A. Salvatore es una buena muestra de tipo cruel e insensible.

La locura: la locura en un villano es peligrosa, sobre todo si se mezcla con otras emociones negativas. Convierte al villano en algo impredecible, que no se atiene a ninguna regla y que ni siente empatía ni permite que nosotros nos pongamos en su lugar. ¿Cómo no mencionar a la némesis de Batman, el Joker, capaz de matar por capricho sin que le tiemble el pulso? ¿Cómo puede nadie imaginar cuáles serán las acciones de un monstruo así?

La manipulación: a nadie, absolutamente nadie, le gusta que lo manipulen. Cuando nos enteramos de que hemos sido utilizados, nos sentimos mal con nosotros mismos, y rencorosos hacia el intrigante. Un villano astuto, traicionero, hipócrita y engañoso conseguirá ser odiado por el lector con una velocidad pasmosa, porque la manipulación es una de las emociones que más fácilmente nos tocan. Ahí tenemos al embaucador dios Loki, de las leyendas nórdicas, o, saliéndonos de la literatura épica, Milady de Winter, de “Los tres mosqueteros”.

El honor: ¿qué hace esta palabra en un artículo sobre villanos? ¿No se supone que son todos el peor hatajo de canallas que pueda uno echarse en cara? Pues no necesariamente. De hecho, algunos de los más grandes contrincantes de los héroes son hombres (o mujeres) de palabra,  impulsados por motivos que nos pueden parecer justos; lo que no nos parece tan bien es la forma en que los persiguen. Aquí es obligatorio mencionar al que en opinión de muchos es el mejor villano del universo de cómics Marvel: el Doctor Muerte. Víctor Von Muerte es un hombre formidable que ha conseguido el poder a base de esfuerzo, un genio en muchas áreas de la ciencia y la mística y un estratega implacable, que cree firmemente que el mundo sería un lugar más justo y mejor si lo gobernase él. Y es un hombre de palabra, que respeta a los adversarios que demuestran ser dignos. El honor en un villano hace que el lector se identifique con él e incluso llegue a admirarlo, y piense en el fondo “Si tan solo ese tipo no fuese tan malvado…”

Es posible que se te ocurran más ejemplos. Cada lector puede tener una emoción concreta que le toca muy de cerca. Por supuesto, nada impide mezclar varios de estos rasgos en una sola persona, pero la clave está, como hemos dicho en entradas anteriores, en hacer las cosas de manera verosímil. No basta con decir que el malo de nuestra historia es cruel, manipulador y está para que lo encierren en una celda acolchada. Este tipo de descripciones no le tienen que llegar al lector a través de palabras, sino con actos, con hechos. Deja que piense que ese personaje que acabas de describir físicamente es un buen tipo, y luego narra cómo ese “buen tipo” degüella a un anciano a sangre fría simplemente porque se ha tropezado con él. El lector no solo se quedará sorprendido, sino que se hará una mejor idea de qué clase de escoria es en realidad y se preguntará qué grados de maldad será todavía capaz de cometer.