“El Sueño Negro”, Capítulo IV

La historia desde el principio

“Aarón esperó unos minutos después de que Thiovel se marchara, meditando las implicaciones de sus palabras.

Los sucesos que azotaban Essere habían ocupado su mente en los últimos días: la desconcertante plaga del Sueño Negro y pesadillas indefinibles que lo asaltaban por las noches, como una profecía que luchara por ser pronunciada. Pero no eran los únicos problemas en el horizonte. Alguno de los magos de Essere se había estado comportando de manera extraña, distinta a su forma habitual; el instinto y los agudos sentidos de Thog, su gato negro familiar, habían percibido sutiles diferencias que a él se le habrían pasado por alto. Cierto era que podía deberse a muchas cosas, y él mismo se mostraba más sombrío que de costumbre. Pero si juntaba esa sospecha con la revelación por parte de la capitana de que Atheron el metamorfo rondaba el lugar, el resultado era una combinación inquietante.

Hizo una leve seña al familiar, y Thog se desperezó y bajó de un salto de la mesa donde se había acomodado, siguiendo a su amo a los pasillos de la Torre. Aarón caminó en silencio, saludando apenas a aquellos con los que se cruzaba, hasta que llegó a una zona menos frecuentada, y unas escaleras que descendían a unos sótanos donde pocos bajaban. Tenía allí el necromante sus cámaras de estudio y experimentación: solo algunos hechiceros eran invitados, y los novicios tendían a evitarlas, y Aarón fomentaba esa privacidad, que en las circunstancias actuales le resultaba muy conveniente.

Estrechos pasillos y nuevas escaleras llevaban hasta una sólida puerta con flejes de hierro, de aspecto sólido e infranqueable. Por si no fuese bastante como barrera física, Aarón había dispuesto sobre ella varias guardas mágicas, y dedicó unos instantes a levantarlas para poder entrar.

Una vez dentro, cerró la puerta a sus espaldas y envió una orden mental al guardián que vigilaba perennemente sus dependencias: un gólem del tamaño de un hombre creado a partir de huesos de Dragón. Era una medida adicional de seguridad que había decidido tomar cuando comprobó que el Concilio tenía sus propias intrigas internas y que no todos sus miembros esgrimían motivaciones amistosas. El guardián reconoció los pensamientos de su creador y su familiar, y permaneció en las sombras, alerta y silencioso.

El sancta sanctorum de Aarón Hildegar consistía en varias cámaras amplias de piedra interconectadas, iluminadas por esferas que desprendían una fosforescencia mágica. Estanterías repletas de libros y pergaminos guardados en estuches de cuero embreado ocupaban la mayor parte de las paredes, junto con grabados de anatomía de diversas especies y un gran espejo de marco de plata negra que empleaba en alguno de sus rituales. El resto eran mesas con utensilios de alquimia, fragmentos de extraños minerales, diversas esculturas de bronce y frascos de contenido variopinto. En un rincón destacaba el esqueleto completo de un necrófago, montado en posición semierguida.

Pero sin duda, lo que más atraía la atención en esos momentos no era la macabra osamenta o la parafernalia del hechicero. En una de las habitaciones laterales, encadenada fuertemente a la pared, había una mujer.

Al oir al mago, rugió y tiró de sus grilletes con la furia de un demente. La mujer era una de las afectadas por el Sueño Negro, que Aarón había conseguido capturar y apresar en su laboratorio en secreto: ninguno de los otros hechiceros, que él supiera, tenía noticia de aquel huésped de la Torre.

Mesándose la negra barba donde despuntaban algunas canas, Aarón observó a la mujer desde una distancia prudencial. Estaba demacrada y su piel se había vuelto macilenta y gris, pero toda la fuerza que había escapado de su cuerpo se había convertido en locura concentrada en sus ojos. Babeaba y chillaba como un animal. El Sueño Negro, fuera lo que fuera, le había arrebatado toda su humanidad.

No era una simple enfermedad de sonambulismo, como había comentado Pabost. Se trataba de un enigma más complejo. En todos los aspectos que su ciencia había podido discernir, aquella mujer era una criatura muerta viviente: no comía ni bebía, y estaba impregnada de energías necrománticas. Pero respiraba, su corazón latía y de vez en cuando se sumía en estados de letargo parecidos al sueño. También acusaba la fatiga: Aarón sabía que después de un rato largo de desplegar su furia, la mujer – o la criatura – se desplomaría exhausta, para caer en nuevo estallido de rabia en cuanto hubiese recuperado sus fuerzas.

Aunque ya lo había intentado en otras ocasiones, Aarón pronunció unos versos arcanos que le permitirían entrar en su mente. Penetrar en los pensamientos de un muerto viviente era una disciplina difícil y desagradable, que podía contaminar el propio espíritu del mago si este no tenía suficiente fortaleza y dominio de sí. En cuanto terminó la letanía, un rayo de luz verde unió las frentes de ambos, mientras los dos caían en una especie de trance. Como en ocasiones anteriores, Aarón se sumergió en el pantano infecto de la psique de la criatura, y como en ocasiones anteriores lo único que encontró fue una idea viciada y obsesiva:

Mar mar mar mar mar Mar Mar MAR MAR MARMARMAR…

Aarón interrumpió el contacto, y se apoyó en la pared para recuperar la orientación. Se agarró al familiar tacto mental de Thog, mientras la mujer afectada por el Sueño Negro reanudaba sus esfuerzos por liberarse de las cadenas.

¿Qué acertijo macabro era este? ¿Qué era lo que atacaba al azar a personas para convertirlas en cadáveres semivivientes cuya única fijación era una caminata suicida hacia el mar? Aarón sabía que las respuestas estaban ante él, en aquel especimen encerrado en su laboratorio, pero todos sus esfuerzos hasta el momento habían resultado inútiles.

Esa misma tarde tendría que hablar en el Concilio. Se preguntó cuáles serían sus palabras. Quizás había llegado el momento de sacar a la luz algunos secretos, pero teniendo en cuenta que no podía confiar que algún miembro del Concilio era quien parecía ser, tal idea se le antojaba una mala decisión.”

 

 

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2 comentarios el ““El Sueño Negro”, Capítulo IV

  1. plared dice:

    vas consiguiendo ambiente, el clima se esta gestando. Buen camino creo que estas tomando en este relato. Cuidate

  2. edrg dice:

    Gracias! Espero que los capítulos siguientes sigan gustando 🙂

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