Grandes artistas: Ray Harryhausen

Este mes hemos despedido a uno de los grandes. El 7 de mayo de 2013, a la edad de 92 años, nos dejó Ray Harryhausen. Uno de esos genios de los que puede decirse que se ganaron a pulso un mérito increíble: el haber sido pionero e inspirador de muchos y en muchos campos. Porque el grande, el incansable e imaginativo Ray Harryhausen, el mago de la stop-motion, fue también el creador de películas como no han vuelto a hacerse, por mucho que hayan avanzado los efectos especiales. Quizás la magia radicaba en que, en aquellos tiempos, estábamos más abiertos a la maravilla, y nuestro cerebro no aceptaba que “cualquier cosa puede hacerse por ordenador”. Pero también había más: el ritmo de las películas en las que dejaba su sello, la forma en que sus monstruos interactuaban con los actores en esos planos que a algún sabidillo actual pueden parecerles “cutres”, conseguían hacernos creer que estaba pasando lo que veíamos: que Jasón luchaba a muerte con un ejército de esqueletos o una hidra, que un grupo de vaqueros del lejano oeste cazaban a un dinosaurio o que Simbad mantenía un duelo a muerte con una estatua-diosa de muchos brazos.

 

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El mérito de Harryhausen es doble si uno se para a considerar que sus primeros trabajos los hizo como aficionado con una cámara de 16mm en el jardín de su padre y con figuritas de dinosaurios, que, junto con los monstruos fantásticos, eran su gran pasión.

Ray Harryhausen ha sido mentor e inspirador de numerosos cineastas que siguieron su estela. Películas como “Pesadilla antes de Navidad” le deben mucho, pero también innumerables sagas de aventuras. Recientemente se ha hecho un “remake” de “Furia de Titanes”, en el que, si bien los monstruos están bien conseguidos gracias a las maravillas de la era digital, ni el guión, ni el ritmo ni los actores tienen con mucho la magia de las primeras obras.

Os dejamos con algunos fotogramas de sus memorables películas. Su filmografía es extensa, e imprescindible para los amantes del género fantástico. En este blog ya hemos puesto algunos trailers suyos (Jasón y los Argonautas, Simbad y la Princesa), pero caerán más, y no será la última vez que hablemos de este incomparable mago que dio vida a tantas criaturas prehistóricas y mitológicas.

 

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El impresionante dragón de muchas cabezas de “Jasón y los Argonautas”

 

 

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¡Lucha a muerte entre un cíclope y un dragón!

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El temible y gigantesco Talos

 

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La famosa escena de la lucha con los esqueletos ¡Acción trepidante!

 

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El cíclope a punto de atrapar a un incauto guerrero…

 

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Harryhausen con sus muchos y fantásticos hijos
¡Te recordaremos siempre, maestro!

 

 

 

 

“El Sueño Negro”, Capítulo VI

La historia desde el principio

“Aarón Hildegar, seguido por su familiar Thog, subió renqueando la escalinata de mármol que llevaba hasta la Cámara del Concilio. Cuando estuvo frente a la doble puerta – magníficamente labrada, en sus majestuosos tres metros de alto – dos adustos gólems de arcilla abrieron sus hojas para permitirle la entrada.

La Cámara del Concilio era, sin lugar a dudas, el corazón político y arquitectónico de la Torre de Essere. No solo se tomaban allí las pequeñas y grandes decisiones que suponían el gobierno oligárquico de la ciudad, sino que había sido concebida para expresar grandeza y majestuosidad. Tenía planta ovalada, de dimensiones tan vastas que podía contener tres centurias de soldados. Su techo abovedado, sostenido por lisas columnas de alabastro veteadas, estaba adornado con frescos de dragones y dioses. En lo alto, vidrieras de exquisita manufactura enana arrojaban luz en el salón desde el amanecer hasta el anochecer.

Pero si algo destacaba poderosamente en la Cámara del Concilio era la soberbia mesa de caoba circular, tallada con adornos de motivo mitológico, en torno a la cual se sentaban los treinta y séis miembros del consejo de la Torre de Essere. La mesa tenía un hueco de tres metros de diámetro en el centro, como si fuese la pupila de un gigantesco ojo, en el cual había un pozo de piedra blanca, y en este pozo ardía, perennemente, una llama mágica.

Treinta y séis sitios en torno a la mesa, pensó Aarón, y en esos momentos solo había siete miembros, contándole a él. Era claramente un mal augurio.

La primera figura que aguardaba sentada ya en su silla era Moriah, la Sarcomante, hechicera semimuerta, de piel lívida y suntuosos ropajes púrpuras. Cínica y fría, Aarón nunca había sentido simpatía por ella, por más que sí respetara los conocimientos que ella atesoraba.

Dos sitios más allá, de pie, estaba Layen, un Abjurador de la raza de los Taréntidos – humanoides con rasgos de salamanquesa mezclados con facciones humanas – y junto a él, Elatra, una humana Alienista de unos treinta años, expresión severa y largos cabellos negros, vestida con una ceñida armadura de cuero. Formaban una extraña pareja, aún más sabiendo que el arte de ella estaba enfocado hacia el contacto de horrores de otras realidades, y el de él, cazarlos.

En el extremo de la mesa frente a Aarón estaba Degaal, una hechicera Diplomática, una clase de magos que actuaban como embajadores entre países y esferas ajenas al mundo. Degaal era el miembro más joven del Concilio con sus veintidós años, pero no era el menos poderoso: había demostrado una facilidad de aprendizaje, una ambición y un talento innato para esa rama de la magia. Con sus recargados ropajes en rojo y oro, su alta gorguera y su largo cabello recogido en un elaborado peinado, podría haber pasado por un adinerado comerciante burgués, pero Degaal había cerrado negociaciones provechosas con poderosas entidades de otros planos sin que se alterara el ritmo de su corazón.

Ceñudo y pensativo, un poco más allá estaba sentado Ober, el alquimista enano. Retorcía gravemente las puntas de su mostacho rubio que empezaba a blanquear. Levantó la vista cuando los gólems – que él mismo había fabricado – dieron paso al nigromante, pero no dijo nada.

Por último, a la derecha de la enorme mesa, estaba la silenciosa figura de Vanar, el Bardo. Vanar era un dracónido de presencia formidable, una raza de humanoides semidragones, cuyas escamas de tonos plateados y crestas córneas quedaban ensombrecidas bajo la capucha de su manto, dejando ver, eso sí, el brillo de sus ojos de ámbar. Vanar era una presencia silenciosa y cargada de poder, pero el motivo de que apenas hablase y se comunicase únicamente a través de vagos signos corporales no era otro que callar su voz por propia voluntad. La raza de los dracónidos tenía en su voz un poder de hechizo tan fuerte como el glamour de las hadas, y subyugaba sin dificultad las voluntades. Vanar se veía obligado a controlar esa facultad; Aarón en ocasiones se estremecía pensando en que a Vanar no le costaría esfuerzo convertir a los presentes en esclavos del sonido de su voz.

El necromante los sometió a un breve pero intenso escrutinio. A la luz de lo que le había revelado la capitana Thiovel, era muy posible que uno de los allí presentes no fuera quien parecía ser. Atherion podía esconderse con facilidad bajo cualquier aspecto. Ahora el inestable mago metamorfo actuaba por su cuenta por motivos desconocidos, y eso lo intranquilizaba bastante. ¿Incluían esos planes introducirse en el Concilio con el rostro de otro hechicero?

Tendría que prestar especial atención a lo que se diría esa noche allí. Y a lo que él mismo decía.

– ¿Dónde están los demás?

Fue Elatra la que contestó:

– No habrá “demás”, Hildegar. Somos todos los que estamos. Siete de treinta y séis.

– La mayoría de los miembros del Concilio – explicó Degaal – han partido a otras ciudades donde la plaga del Sueño Negro ha brotado y comenzado a causar estragos. Dos de ellos siguen pistas de posibles remedios. El único que contábamos que quedara por llegar es Caromn, el Adivino.

– Caromn no vendrá – dijo la Alienista. – No sé qué ha sido de él, pero me han asegurado que su espíritu ya no está entre nosotros.

Nadie preguntó por las fuentes donde Elatra había conseguido esa información. Pero Aarón vio que Vanar asentía confirmando la versión de la hechicera vestida con la armadura de cuero negro.

– Entonces ya estamos todos – dijo Moriah. – No perdamos más tiempo. Que los que no están sentados ocupen sus sitios y empecemos a discutir este enojoso problema.”