El Rincón del Escriba

Hoy día del libro no podíamos dejar de recomendaros alguna obra interesante. Buceando entre nuestras estanterías, hemos encontrado esta pequeña joya: “El espíritu del mago oscuro”, de Barbara Hambly.

 

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En esta fantástica novela se nos presenta un mundo en el que la magia es corriente, y que entra en contacto por primera vez con nuestro propio mundo. Una valiente informática es arrastrada a una tierra de mitos, leyendas y criaturas fabulosas, mientras un peligroso y astuto mago asesino ha escapado de su encarcelamiento amenazando con acabar con todo lo que existe.

Es un libro de lectura muy amena y que engancha rápidamente. La única pega es que es el primer libro de una trilogía ¡y no encontramos las continuaciones! Así que si os animáis a leerlo, disfrutaréis un montón y os quedaréis con la miel en los labios. ¡Pero merece la pena!

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“El Sueño Negro”, Capítulo VIII

La historia desde el principio

“El titán nigromántico estaba ya casi en aguas del puerto de Essere, alzándose quince metros por encima de los edificios del muelle y los barcos anclados en él. Era aterrador ver cómo los cadáveres que conformaban su cuerpo se retorcían adaptándose a los movimientos de la criatura, unidos entre sí por alguna fuerza desconocida e impía.

– ¿Qué clase de abominación es esa? – preguntó Layen. Su rostro de salamanquesa se volvió hacia Aarón. – Tú eres necromante, Hildegar, es tu especialidad.

– Ni siquiera en mis más negros tomos de hechicería se describe algo así – respondió Aarón.

– ¡No os quedéis ahí quietos! – exclamó Degaal. – ¡Arrojemos a esa monstruosidad de vuelta al mar!

En el puerto, la gente huía presa del pánico, mientras la guardia llegaba a la carrera para intentar hacer frente al coloso. Los alabarderos formaron una fila protectora mientras que los arqueros, en segunda fila, disparaban sus saetas. Pero esa táctica que resultaba eficaz frente a enemigos corrientes, resultaba fútil en esas circunstancias. Las flechas se clavaban en la carne de los cadáveres sin ningún efecto apreciable. Sin emitir un solo sonido, el titán nigromántico hizo pedazos de un puñetazo un velero de tres palos.

El primero en llegar a los muelles, en el momento en que el monstruoso constructo ponía un pie fuera del agua, fue Layen. No perdió un solo segundo: empezó a recitar un conjuro que manipulaba el éter en torno al gigante, de manera que sus movimientos se viesen ralentizados como si estuviera moviéndose en limo espeso. Desde más atrás, Degaal conjuró una esfera de energía dorada en cada mano y las disparó contra la masa de cadáveres, al mismo tiempo que Aarón hacía lo propio con una lanza de sombra chisporroteante. El titán nigromántico retrocedió y uno de los cuerpos se desprendió de su masa, como una astilla arrancada de un árbol. En el momento en que el cadáver impactó contra el suelo, se alzó de nuevo como un zombi reanimado.

– Esto tiene mal aspecto – masculló Aarón a Elatra, cerca de él. – Cada vez que hiramos al engendro, haremos que los muertos que lo conforman se conviertan en un nuevo problema. Hay que pensar otra forma de hacerle frente…

– ¡Olvida las palabras, necromante! – aulló la Alienista. Elatra, enfundada en su ceñida armadura de cuero negro, se lanzó hacia donde el gigante aplastaba en esos momentos a una patrulla de seis guardias, sin que los hechizos protectores de Layen pudieran evitarlo. La Alienista tenía fama de no estar cuerda, y la forma en que se arrojó sobre su enemigo parecía confirmarlo. En mitad del salto, un conjuro que había pronunciado la convirtió en una especie de arpía-demonio de negra piel espinosa, que de inmediato empezó a acosar al titán.

Desde otro flanco, Vanar comenzó a entonar un cántico de poder de sonido tan bajo que hacía vibrar los huesos sin llegar a los oídos. Las piedras bajo el gigante se movieron como dotadas de voluntad propia, y sujetaron los pies del coloso, mientras Degaal lanzaba sobre él otra ráfaga de energía dorada.

El titán nigromántico no daba señales de verse afectado por el ataque conjunto de los archimagos. Nuevos cadáveres animados se desprendían de él con cada nuevo intento, obligando a los soldados y a los hechiceros a lidiar en dos flancos en lugar de uno. Los muertos menores no eran un problema serio para los poderes de los magos de Essere, pero éstos se veían obligados a dividir sus esfuerzos entre proteger a los guardias y encontrar una forma de herir a la abominable creación.

Aarón se disponía a intentar un nuevo sortilegio cuando se le acercó Moriah. La semimuerta interrumpió su concentración y le dijo:

– Tenías razón en lo que le dijiste a Elatra. Así no venceremos. Voy a poner en práctica un encantamiento muy poderoso, pero necesito que me apoyes en él.

Aarón la miró. Esa petición de confianza venía en el peor de los momentos. No tenía forma de saber si Moriah era quien decía ser o si estaba detrás de la aparición del enorme No Muerto, y solo disponía de segundos para tomar una decisión. A su lado, Thog, su familiar, intentó leer en vano la mente de la nigromante, pero eso no significaba nada: Aarón sabía por experiencia que los semimuertos eran inmunes al sondeo psíquico de la mayoría de las criaturas.

El titán nigromántico echó abajo una de las casas del muelle. El polvo y los escombros lo cubrieron todo. En el instante siguiente, sus manos formadas por cadáveres lograron apresar a Elatra y la estrellaron contra un barco, convirtiendo un mástil en astillas.

Jugándose el todo por el todo, Aarón asintió. Tomó las lívidas manos de Moriah, que empezó a recitar una salmodia que el necromante no había oído jamás. Una vez más, se preguntó por el alcance del poder de Moriah de Dargester.

Al principio no sucedió nada. Mas pronto Aarón comenzó a notar cómo afluían energías de otros planos, condensándose en torno a ellos. Moriah cogió parte de las fuerzas de Aarón para darles forma y lanzarlas contra la imponente figura del coloso, que se vio rodeado de un aura de negrura brillante. El cántico de la semimuerta se hizo más potente. El hechicero gritó cuando el conjuro de Moriah absorbió sus propias energías para fortalecer el ataque, y el mundo se convirtió en una sombra difusa más allá del dolor. se arrepintió con cada fibra de su ser de haber confiado en Moriah, pero ya era demasiado tarde. La semimuerta podía terminar de drenar cada brizna de su fuerza vital, y él estaba impotente.

Cuando estaba a punto de perder la consciencia del todo, vio cómo el aura en torno al monstruo se intensificaba, y en una enceguecedora onda de implosión, el coloso se sacudió. Un segundo después, los centenares de cuerpos que lo formaban se desmoronaron sobre el pavimento del puerto, completamente inertes.

Los presentes contemplaron atónitos lo que había sucedido, temiendo quizás que un nuevo horror se levantase en su lugar. Incluso los zombis que habían surgido de su cuerpo se habían derrumbado como si la magia que los animaba se hubiese desecho. Mientras todos se preguntaban qué había sucedido, Moriah arrastró al semiinconsciente Aarón a una calleja cercana, fuera de la vista del resto, y acompañada por el gato negro. Curiosamente, Thog, aunque receloso, no parecía extrañarse de la actitud de la semimuerta. Aarón incluso notaba cómo su familiar intentaba hacerle llegar algo a su cerebro, pero sus palabras sonaban demasiado lejanas y confusas.

Poco a poco, el hechicero recuperaba parte de sus fuerzas. Aún estaba demasiado débil para sostenerse en pie, así que la nigromante lo depositó sobre unas viejas cajas de madera apiladas en un rincón. El hechicero se sentó, encorvado, frotándose las sienes y los ojos y luchando por concentrarse en lo que le rodeaba.

– No sé qué habéis hecho, Moriah, pero…

Aarón se calló de repente. No era la lívida maga la que estaba frente a él, sino otro ser, una criatura desconcertante, de piel amarillenta y rasgos ocultos tras un ropaje cárdeno del estilo de los nómadas del desierto, que lo miraba fijamente con sus ojos carentes de iris y pupila.”