“La espada que lo herirá”, Capítulo I

– ¿Podríamos ir un poco más despacio, por favor?

Thornil no podía más. A pesar de que su cuerpo fibroso y bien proporcionado habría hecho pensar que pudiera dejar atrás a los otros tres – salvo quizás al guerrero – era el único que resollaba como un anciano asmático. El ladrón apoyaba sus manos en sus rodillas intentando recuperar la respiración.

Por enésima vez, se preguntó si no habría sido más prudente permitir que esos tres extraños le pegaran una paliza cuando le sorprendieron intentando robar sus caballos, en lugar de dejarse enredar en esa descabellada aventura. Pero cada vez que miraba a la hechicera de piel lívida, cráneo totalmente afeitado y largo manto violeta – una despreciable semimuerta, pensó con un escalofrío – tenía que admitir que aceptar la oferta de los otros dos había sido juicioso. Seguramente la bruja no se habría contentado con darle un simple escarmiento. Las palabras que pronunció cuando se detuvo y volvió la vista al jadeante ladrón le confirmaron esos pensamientos y le helaron la sangre en las venas.

– Nos saldría mejor degollarlo aquí mismo. Podría animar su cadáver. No se quejaría tanto.

Unos metros más allá, la guerrera llamada Tess sonrió. Ella tenía también una piel clara y un largo cabello albino, y se protegía con una elaborada armadura hecha – según Tess había dicho, y Thornil la creía – con la piel de un neftodemonio que ella misma mató. Encima de estas protecciones y correajes, llevaba una capa de cuero negro y cuello alto. En conjunto, parecía alguien con quien no convenía enemistarse. Respondió a las palabras de la hechicera colocándose un mechón de pelo tras la oreja, como si esa fuera la mayor incomodidad de aquel malhadado viaje.

– Ni nos serviría de nada salvo como carne de cañón. Necesitamos un ladrón, Moriah, no un pelele de carne muerta.

– Tampoco os serviría un ladrón al que habéis matado de cansancio como quien revienta una montura al galope – intentó aportar Thornil con voz aún entrecortada.

– Ya queda poco – Lorbair señaló un punto más adelante de la ladera, donde el bosque parecía aclararse.

De los tres, era el ceñudo guerrero quien más intrigaba a Thornil. Era alto, recio pero no excesivamente corpulento, como si sus músculos hubiesen sido entrenados para hallar el perfecto equilibrio entre fuerza y agilidad. Tenía una melena negra de aspecto salvaje, que sujetaba en una pequeña coleta, y sus facciones no dejaban traslucir ninguna emoción. Thornil sería incapaz de contar todas las cicatrices que veía en su piel, allí donde la armadura de cuero curtido la dejaba ver. Pero no era su fiero y montaraz aspecto lo que más intimidaba al ladrón. Era cierta cualidad animal en su forma de moverse y hablar – o no hablar, porque Lorbair era la definición del laconismo – y de husmear en ciertas ocasiones, como si estuviese olfateando algo.

– Quizás me mostraría más animado a avanzar – dijo Thornil – si supiera a dónde vamos y para qué.

Moriah de Dargester hizo una mueca sarcástica.

– Cuéntaselo, cazadora de demonios. Será divertido.

Tess suspiró. Miró a Lorbair, pidiendo su parecer, pero el guerrero se limitó a encogerse de hombros. La albina se rindió. Al fin y al cabo, estaban ya cerca de su destino, y lo bastante lejos de cualquier tierra civilizada como para que el ladrón se planteara dejarlos en la estacada y atravesar esos bosques en solitario.

– Al otro lado de ese collado debemos de encontrar unas ruinas. Nos han dicho que en ellas hay un arma que podremos usar contra un nigromante de gran poder.

– La cazadora de demonios no tiene muchos estudios – dijo Moriah, acercándose a Thornil más de lo que a él le habría gustado. Aquellos ojos tenían la misma calidez y humanidad que dos pedazos de hierro congelados bajo la escarcha. – Lo que ha querido decir con su escaso vocabulario es que vamos a internarnos en una necrópolis que esperamos defendida por toda suerte de trampas y guardianes para buscar una supuesta reliquia en la que ciframos todas nuestras esperanzas para derrotar a Rargon, un semidiós No Muerto que, según nuestro guerrero nacidobestia, asesinó deidades y estuvo a punto de aniquilar toda la existencia.

Thornil los miró a los tres de hito en hito, esperando que todo aquello no fuera más que una broma ridícula. Pero la hechicera estaba disfrutando claramente con su desconcierto, la guerrera albina se mordía el labio como si dijera “intenté suavizarlo”. Y el guerrero… el guerrero simplemente esperaba que terminaran con todo para poder seguir avanzando.

– Por todos los dioses… ¿dónde encajo yo en todo esto?

– Eso me pregunto yo – bufó Moriah, dándose la vuelta, haciendo ondear su manto violeta.

– Por lo que sabemos, los constructores de esas ruinas contaban con ingenieros enanos. Esperamos trampas en nuestro camino, y nos vendría bien un ladrón – explicó Tess.

– ¿Habéis perdido la cabeza? ¡Esto me viene grande! ¡Me gano la vida robando caballos y forzando cerraduras de los cofres de los mercaderes! ¿Y vosotros esperáis que me encargue de trampas construidas por enanos? ¡Además no soy valiente ni sé luchar!

– Déjanos las peleas a nosotros – Tess siguió a Moriah. Lorbair, a la cabeza, tomó esto como una señal de que podían continuar. Thornil lanzó un suspiro de derrota y echó a andar tras ellos.

– Ahorraría tiempo si me diera la vuelta para que me devoraran las fieras.

Sin dejar de caminar, Moriah volvió su lívido rostro, lanzándole una mirada burlona desde detrás del alto cuello de su manto.

– No lo hagas. Las fieras tienen una forma de matar tan burda y salvaje… Y dejan poco que se pueda aprovechar para alguien como yo.

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3 comentarios el ““La espada que lo herirá”, Capítulo I

  1. Lord Alce dice:

    Inicio la lectura de esta saga que tiene buena pinta (¡Trampas de enanos! ¿Trampas de enanos? ¡TRAMPAS DE ENANOS! ¡AAAAAHHHHH!)
    😀 😀 😀 😀 😀

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