Mis dibujos: Iras

Aquí tenéis el dibujo inicial a partir del cual elaboré una de las cabeceras de este blog. Si queréis saber más del archimago Iras, lo encontraréis en el relato “Tras el Armagedón…”

 

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“Tras el Armagedón…” Capítulo IX

La historia desde el principio

“En el corazón del templo, Fram vio cómo aquel cadáver, del que sólo quedaban huesos y tendones resecos movidos imposiblemente por la voluntad del Necromante, terminaba de borrar, haciendo un gesto arcano, los símbolos mágicos que lo habían mantenido preso. Llevado por el destino o la fatalidad, el guerrero había sido el responsable de que aquella criatura estuviese ahora frente a él; su mente trabajaba a toda velocidad, sopesando qué oportunidades tenía de salir vivo de allí. ¿Hasta qué punto podía confiar en el capricho o la misericordia de los dos puntos de luz demente que brillaban en el fondo de aquel cráneo?

Fram había conocido muchos amos en su carrera de mercenario. Había visto la muerte de cerca más veces de las que podía recordar, y sabía que no era contar con la piedad del brujo lo que lo sacaría de allí. Tampoco podía huir: aunque el hechicero lo dejase escapar, sólo tenía leguas y leguas de desierto a su alrededor. A pesar de la aprensión que le inspiraba la idea, sabía que tenía que seguirle el juego al muerto viviente.

– ¿Qué vais a hacer, mi señor?

Rargon lo miró, provocándole un escalofrío. ¿Podía aquella criatura, dotada con la perspicacia de milenios de vida, penetrar en sus pensamientos?

– ¿Hacer? Framvald, tengo una labor que terminar.

– Mi señor, no os entiendo. ¿Cómo os puedo servir? Mi espada es fuerte y diestra, pero ahora estamos lejos de cualquier ciudad y me hallo al borde de la inanición. Con gusto me pondré a vuestro servicio, pero tengo necesidades que… que vos no tenéis.

– No, pequeño. Yo también me encuentro famélico. Ambos necesitamos sustento: tú de vulgar carne de animales y bebida, yo de carne de dioses. Somos hermanos de hambre, y si me sirves, te garantizo que te saciarás como yo. Pero ahora no es el momento, aún no.

Fram temió que el muerto viviente, absorto en sus visiones internas, no comprendiera que él precisaba alimento a no mucho tardar. Rargon siguió hablando.

– Éste será nuestro santuario, pero no como está. Deseo otra cosa.

El guerrero contempló asombrado cómo el hechicero cadáver alzaba los brazos y empezaba a entonar un impío ensalmo con voz hueca, antinatural, resonando entre los muros del templo. Acto seguido, todo empezó a temblar. Las columnas se agitaron, el suelo de piedra se volvió inestable, polvo y piedras cayeron desde el techo al tiempo que, por todo el mausoleo excavado en la montaña, los pasillos se retorcían y se remodelaban forzados por la voluntad del Necromante. Fram corrió a resguardarse tras una columna, esquivando la lluvia de escombros, pensando que lo único que conseguiría Rargon sería sepultarlos en vida.

El brujo continuó su encantamiento varios minutos más, mientras obligaba a que los corredores y las salas desaparecieran, se formaran y se recrearan, como si en vez de roca fuese blanda arcilla. Cuando Rargon cesó, aún cayó polvo y tierra y sonaron crujidos a medida que la piedra terminaba de reacomodarse.

– Ya está. Ahora tengo un palacio digno. Ven, Framvald de Eskaldia.

Titubeando, el guerrero siguió los pasos del cadáver a través de los pasillos de piedra. Desandaban el camino que él había tomado para llegar hasta allí y, sin embargo, no reconocía el lugar. Había escaleras, recodos, estatuas y bifurcaciones que antes estaba dispuesto a jurar que no estaban. Fram se hallaba sobrecogido. ¿Hasta dónde llegaba el poder de aquella criatura para remodelar un templo con su magia en cuestión de minutos?

Rargon señaló una cámara lateral con su huesuda mano.

– Entra y mira.

Fram se asomó a la estancia. Perplejo e incrédulo, vio una gran mesa de piedra con un suntuoso banquete sobre ella. Aves cocinadas, frutas, vino, miel y otros manjares golpearon al hambriento mercenario con su visión y sus olores.¿Era real todo aquello? ¿De dónde había salido?

– Aún no, pequeño – dijo la reseca voz del Necromante. – Antes has de ver otra cosa.

Continuaron caminando un poco más, bajando varios tramos de estrechas escaleras de piedra. Rargon caminaba delante, y aunque él no necesitaba luz alguna, había conjurado un fulgor azulado y frío. Finalmente llegaron hasta un pasillo largo cuyo final se perdía en la negrura. A ambos lados se veían hileras de arcos que conducían a criptas laterales. Rargon entró en la primera, y Fram, detrás de él, pudo ver cuatro largas filas de sepulcros, todos abiertos.

– Contempla parte del ejército del que te haré general.

Rargon pronunció otra palabra en un idioma prohibido, y luego exhaló una vaharada de vapor sulfuroso a través de sus podridos pulmones. El hálito nigromántico avanzó y fue extendiéndose por la sala, y a medida que pasaba sobre cada una de las tumbas, se alzaban de ella espectros, esqueletos y cadáveres, hasta que cerca de un centenar de muertos se ordenaron en la cripta, como una legión esperando a pasar revista.

Fram los observó, sintiéndose como en un macabro y lúgubre sueño. Horas atrás se encontraba agonizando en el desierto, y ahora un brujo demente muerto hace milenios le colocaba a la cabeza de una horda de muertos. A pesar de la aprensión que le producía el cadáver del necromante y el miedo que éste le inspiraba, sabía que había dejado de ser dueño de su destino. Y se preguntaba si aquello no terminaba de agradarle.

– Tendrás que tener paciencia, pequeño – murmuró el hechicero muerto. – Aún tengo que conocer cosas y fortalecerme, y tramar mis propios planes. Pero pronto nos pondremos en marcha, y el mundo sabrá que de nuevo Rargon el Dios ha resucitado.

“Tras el Armagedón…” Capítulo VIII

La historia desde el principio

“En las ruinas de Arya, Moriah de Dargester argumentaba con voz altiva:

– ¿Qué pruebas tenemos, gran Iras, de esa apocalíptica batalla que referís, y de ese mundo anterior a ella del que habláis? Creo que todos los que estamos aquí respetamos vuestra sabiduría y vuestro rango, pero tenéis que admitir que algo así suena, cuando menos, disparatado. ¿Un nigromante capaz de asesinar dioses y trastocar la existencia del tiempo y el mundo? ¿Cómo es que sólo vos recordáis todo eso?

– No soy el único, Moriah – respondió el archimago, mirando de reojo a Enídanus, que, sin embargo, no dijo nada.

– Debo decir algo – terció Áldevar, el místico. Hablaba tranquilamente, y apenas había intervenido durante toda la reunión. – Como Moriah, no tengo ningún recuerdo de ese conflicto. Mi infancia ha transcurrido en nuestro monasterio. Allí he conocido días de meditación, entrenamiento, pruebas y de vez en cuando conflictos. Nada como lo que describe Iras ha ocurrido durante los últimos cuarenta años.

La semimuerta sonrió de medio lado, satisfecha del apoyo que se le brindaba. Pero el monje no había terminado de hablar.

– No obstante, mi Maestro ha mencionado en varias ocasiones que notaba una silenciosa aunque fuerte perturbación en el Dao, el Orden Natural de las cosas. Algo vago e indefinible, como si todo lo que estuviera sucediendo no encajara con lo que debería ser. Creo en vuestras palabras, Iras, aún sin entenderlas.

El anciano archimago asintió. Moriah entrecerró los ojos y lanzó una mirada asesina al místico. Áldevar no le prestó atención.

– ¿Y vos, Atherion? – preguntó la semimuerta al mago que ocultaba su rostro tras un embozo ocre. – ¿También apoyáis esta locura?

– Apoyo cualquier locura, mi querida Moriah, porque seguramente sea más cierta que los razonamientos cuerdos.

La lívida hechicera hizo un mohín despectivo, murmurando entre dientes un improperio hacia el excéntrico Atherion. El archimago miró entonces a Uros, el chamán, buscando su opinión. Cubierto con su piel de oso, éste respondió:

– Los espíritus me dicen que hay verdad en vuestras palabras. Pero ¿qué ocurrirá si las creemos? ¿Se ha de sacrificar esta realidad para recuperar la que no es más que un recuerdo en unos pocos?

Un silencio tenso cayó sobre la reunión. Muchos se revolvieron inquietos. Junto a él, Enídanus vio cómo Rynath bajaba la mirada. Seguramente la elfa pensaba en sus bosques natales, y el Invocador sintió remordimientos al pensar que la estaban obligando, a ella y al resto, a admitir que todo lo que amaban era una falsedad.

Iras tomó la palabra:

– Si este cónclave acepta que Rargon existió y estuvo a punto de aniquilar todo lo que existe, y que fue derrotado a costa de un sacrificio nunca antes imaginado, habrá que aceptar que el Necromante está prisionero en algún lugar, esperando el momento de volver a despertarse. Y si eso es así, es nuestro deber acabar con él mientras podamos. No sé si eso cambiará lo ocurrido y regresará el mundo tal y como era, o si todo seguirá como ahora es. Pero lo cierto es que si Rargon resucita, podemos olvidarnos de cualquier mundo, porque su insana mente únicamente aspira al final nihilista y absoluto de todo lo que existe.

“Y lo que es peor, no sé si seríamos capaces de derrotarlo por segunda vez.

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“Tras el Armagedón…” Capítulo VII

La historia desde el principio

“Fram se acercó al siniestro catafalco de piedra movido por un impulso inexplicable y una oscura curiosidad. Todo el silencio, todo el polvoriento abandono del ruinoso templo parecían concentrarse en aquel punto, como si la tumba fuese el corazón de todo, un corazón reseco y momificado que había dejado de latir siglos atrás.

Sus botas rozaban a cada paso los angulosos caracteres trazados en el suelo. El guerrero se preguntó quién estaría enterrado ahí. Seguramente no se trataba de un vulgar acólito, y cuando este pensamiento le vino a la cabeza, también lo hizo el de riquezas sepultadas junto al cadáver.

Sintió de pronto un rumor sordo seguido de un temblor, como si algo enormemente pesado hubiese golpeado los cimientos del templo. El estruendo se repitió dos veces más, cada vez más cerca, y su mano volvió a desenvainar la espada. Pero cuando la causa de aquellos sonidos estuvo lo bastante cerca como para verla, Fram comprendió que su arma tenía poco qué hacer.

De las sombras del fondo del mausoleo había surgido un titán de piedra, una enorme estatua esculpida con la forma de un guerrero con cabeza de dragón, que se elevaba amenazadora muchos metros por encima del mercenario. Éste maldijo su suerte: evidentemente los constructores de aquel templo habían dispuesto gracias a su brujería guardianes capaces de frenar a cualquier posible ladrón de tumbas. Ni siquiera estando descansado y fuerte habría tenido Fram una oportunidad de hacer frente al coloso de piedra maciza que despacio pero implacablemente se aproximaba a él.

El guerrero se disponía a huir cuando algo más ocurrió. Una voz como una campana macabra resonó en el vacío del santuario, estremeciendo al curtido mercenario y frenando el avance del guardián de piedra.

– Detente, esclavo. Éste no ha de sufrir daño.

El titán, lentamente, reculó, y tras dar unos pasos en dirección a las tinieblas de donde había surgido, cesó el estruendo de sus pasos cuando ocupó una vez más su lugar en algún pedestal.

Fram clavó entonces los ojos en el sepulcro, pues de allí había surgido la voz. Y, sobrecogido, vio cómo la pesada losa se convertía en simple arena, desmenuzándose, como si hubiesen pasado por ella milenios en unos pocos segundos. Luego hubo un bostezo emitido por unos pulmones arrugados, y una mano que sólo era hueso y tendones secos se agarró al borde de la tumba.

Y Rargon el Nigromante, Rargon el Semidiós, se alzó.

Oscuro, aterrador e insanamente majestuoso, el cadáver envuelto en su negro sudario se incorporó, mirando después a aquel que lo había despertado de su letargo, de su prisión de sueño sin sueños impuesta por un millar de símbolos arcanos cuya cadena había sido rota por unos simples pasos imprudentes. Fram sintió un helor y un miedo como nunca había sentido en su turbulenta vida de mercenario al mirar dentro de aquellas cuencas vacías. Levantó la espada en un movimiento instintivo.

– Suelta ese juguete – dijo el cadáver con voz rasposa. Los dedos de Fram se movieron por voluntad propia y dejaron caer la espada, que emitió un sonido metálico al chocar contra el suelo. – Soy una deidad debilitada, pero no débil. Tenlo en cuenta, pequeño, cuando des tu siguiente paso.

Rargon bajó del catafalco. Pronunció unas palabras en un idioma esotérico, y los símbolos trazados en el suelo se retorcieron y borraron a su paso, hasta que el cadáver se encontró a pocos metros del mercenario. Fram se sentía clavado al suelo, no sabía si por su pánico o por alguna oscura magia.

– ¿Cuál es tu nombre? – preguntó el nigromante.

– Framvald de Eskaldia – respondió el guerrero, y las palabras salieron de su boca como si se las hubieran arrancado.

– No conozco ese nombre. Es indiferente. El mundo se ha movido durante mi sueño… Qué perturbador y delicioso.

– ¿Cuánto… cuánto habéis… dormido? – se atrevió a preguntar Fram.

El cadáver lo miró más fijamente, y la carne reseca a ambos lados de su boca se contrajo en lo que quizás era una sonrisa macabra.

– Un año y diez mil años, pequeño.

– N… no entiendo.

– No. Claro que no. ¿Qué sabe del tiempo una efímera criatura como tú? Soy viejo. Más de lo que puedes imaginar, incluso antes de que el tiempo se agitara sobre sí mismo. Soy poderoso, Framvald de Eskaldia, y te conviene servir a amos poderosos. Pero necesito recuperar mis fuerzas. Antaño fui derrotado en el apogeo de mi poder, y eso no ocurrirá una segunda vez. Debo fortalecerme, y tú me ayudarás a ello. Y cuando alcance mi meta, ten por seguro que serás debidamente recompensado.”

 

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