“El Sueño Negro”, Capítulo VIII

La historia desde el principio

“El titán nigromántico estaba ya casi en aguas del puerto de Essere, alzándose quince metros por encima de los edificios del muelle y los barcos anclados en él. Era aterrador ver cómo los cadáveres que conformaban su cuerpo se retorcían adaptándose a los movimientos de la criatura, unidos entre sí por alguna fuerza desconocida e impía.

– ¿Qué clase de abominación es esa? – preguntó Layen. Su rostro de salamanquesa se volvió hacia Aarón. – Tú eres necromante, Hildegar, es tu especialidad.

– Ni siquiera en mis más negros tomos de hechicería se describe algo así – respondió Aarón.

– ¡No os quedéis ahí quietos! – exclamó Degaal. – ¡Arrojemos a esa monstruosidad de vuelta al mar!

En el puerto, la gente huía presa del pánico, mientras la guardia llegaba a la carrera para intentar hacer frente al coloso. Los alabarderos formaron una fila protectora mientras que los arqueros, en segunda fila, disparaban sus saetas. Pero esa táctica que resultaba eficaz frente a enemigos corrientes, resultaba fútil en esas circunstancias. Las flechas se clavaban en la carne de los cadáveres sin ningún efecto apreciable. Sin emitir un solo sonido, el titán nigromántico hizo pedazos de un puñetazo un velero de tres palos.

El primero en llegar a los muelles, en el momento en que el monstruoso constructo ponía un pie fuera del agua, fue Layen. No perdió un solo segundo: empezó a recitar un conjuro que manipulaba el éter en torno al gigante, de manera que sus movimientos se viesen ralentizados como si estuviera moviéndose en limo espeso. Desde más atrás, Degaal conjuró una esfera de energía dorada en cada mano y las disparó contra la masa de cadáveres, al mismo tiempo que Aarón hacía lo propio con una lanza de sombra chisporroteante. El titán nigromántico retrocedió y uno de los cuerpos se desprendió de su masa, como una astilla arrancada de un árbol. En el momento en que el cadáver impactó contra el suelo, se alzó de nuevo como un zombi reanimado.

– Esto tiene mal aspecto – masculló Aarón a Elatra, cerca de él. – Cada vez que hiramos al engendro, haremos que los muertos que lo conforman se conviertan en un nuevo problema. Hay que pensar otra forma de hacerle frente…

– ¡Olvida las palabras, necromante! – aulló la Alienista. Elatra, enfundada en su ceñida armadura de cuero negro, se lanzó hacia donde el gigante aplastaba en esos momentos a una patrulla de seis guardias, sin que los hechizos protectores de Layen pudieran evitarlo. La Alienista tenía fama de no estar cuerda, y la forma en que se arrojó sobre su enemigo parecía confirmarlo. En mitad del salto, un conjuro que había pronunciado la convirtió en una especie de arpía-demonio de negra piel espinosa, que de inmediato empezó a acosar al titán.

Desde otro flanco, Vanar comenzó a entonar un cántico de poder de sonido tan bajo que hacía vibrar los huesos sin llegar a los oídos. Las piedras bajo el gigante se movieron como dotadas de voluntad propia, y sujetaron los pies del coloso, mientras Degaal lanzaba sobre él otra ráfaga de energía dorada.

El titán nigromántico no daba señales de verse afectado por el ataque conjunto de los archimagos. Nuevos cadáveres animados se desprendían de él con cada nuevo intento, obligando a los soldados y a los hechiceros a lidiar en dos flancos en lugar de uno. Los muertos menores no eran un problema serio para los poderes de los magos de Essere, pero éstos se veían obligados a dividir sus esfuerzos entre proteger a los guardias y encontrar una forma de herir a la abominable creación.

Aarón se disponía a intentar un nuevo sortilegio cuando se le acercó Moriah. La semimuerta interrumpió su concentración y le dijo:

– Tenías razón en lo que le dijiste a Elatra. Así no venceremos. Voy a poner en práctica un encantamiento muy poderoso, pero necesito que me apoyes en él.

Aarón la miró. Esa petición de confianza venía en el peor de los momentos. No tenía forma de saber si Moriah era quien decía ser o si estaba detrás de la aparición del enorme No Muerto, y solo disponía de segundos para tomar una decisión. A su lado, Thog, su familiar, intentó leer en vano la mente de la nigromante, pero eso no significaba nada: Aarón sabía por experiencia que los semimuertos eran inmunes al sondeo psíquico de la mayoría de las criaturas.

El titán nigromántico echó abajo una de las casas del muelle. El polvo y los escombros lo cubrieron todo. En el instante siguiente, sus manos formadas por cadáveres lograron apresar a Elatra y la estrellaron contra un barco, convirtiendo un mástil en astillas.

Jugándose el todo por el todo, Aarón asintió. Tomó las lívidas manos de Moriah, que empezó a recitar una salmodia que el necromante no había oído jamás. Una vez más, se preguntó por el alcance del poder de Moriah de Dargester.

Al principio no sucedió nada. Mas pronto Aarón comenzó a notar cómo afluían energías de otros planos, condensándose en torno a ellos. Moriah cogió parte de las fuerzas de Aarón para darles forma y lanzarlas contra la imponente figura del coloso, que se vio rodeado de un aura de negrura brillante. El cántico de la semimuerta se hizo más potente. El hechicero gritó cuando el conjuro de Moriah absorbió sus propias energías para fortalecer el ataque, y el mundo se convirtió en una sombra difusa más allá del dolor. se arrepintió con cada fibra de su ser de haber confiado en Moriah, pero ya era demasiado tarde. La semimuerta podía terminar de drenar cada brizna de su fuerza vital, y él estaba impotente.

Cuando estaba a punto de perder la consciencia del todo, vio cómo el aura en torno al monstruo se intensificaba, y en una enceguecedora onda de implosión, el coloso se sacudió. Un segundo después, los centenares de cuerpos que lo formaban se desmoronaron sobre el pavimento del puerto, completamente inertes.

Los presentes contemplaron atónitos lo que había sucedido, temiendo quizás que un nuevo horror se levantase en su lugar. Incluso los zombis que habían surgido de su cuerpo se habían derrumbado como si la magia que los animaba se hubiese desecho. Mientras todos se preguntaban qué había sucedido, Moriah arrastró al semiinconsciente Aarón a una calleja cercana, fuera de la vista del resto, y acompañada por el gato negro. Curiosamente, Thog, aunque receloso, no parecía extrañarse de la actitud de la semimuerta. Aarón incluso notaba cómo su familiar intentaba hacerle llegar algo a su cerebro, pero sus palabras sonaban demasiado lejanas y confusas.

Poco a poco, el hechicero recuperaba parte de sus fuerzas. Aún estaba demasiado débil para sostenerse en pie, así que la nigromante lo depositó sobre unas viejas cajas de madera apiladas en un rincón. El hechicero se sentó, encorvado, frotándose las sienes y los ojos y luchando por concentrarse en lo que le rodeaba.

– No sé qué habéis hecho, Moriah, pero…

Aarón se calló de repente. No era la lívida maga la que estaba frente a él, sino otro ser, una criatura desconcertante, de piel amarillenta y rasgos ocultos tras un ropaje cárdeno del estilo de los nómadas del desierto, que lo miraba fijamente con sus ojos carentes de iris y pupila.”

“Tras el Armagedón…” Capítulo IV

La historia desde el principio

“El estado en que se hallaban las ruinas de la antigua ciudadela evidenciaba siglos de abandono. Los corredores que en su día estuvieron probablemente adornados con suntuosos tapices y esculturas de alabastro se veían ahora vacíos, cubiertos de polvo y desgastada la piedra por el tiempo. En muchas zonas la vegetación que devoraba la ciudadela por fuera se había adueñado también del interior. Arya era un lugar fantasma, un eco de la historia que aún no se había disipado, algo comprensible si se tenía en cuenta que su apogeo ocurrió hacía más de cuatrocientos años.

El problema era, pensaba Enídanus mientras guiaba a las dos hechiceras a la cámara donde aguardaban los demás, que un año atrás nada de eso estaba ahí. Tras la batalla con Rargon, que sacudiera los cimientos de la realidad y el tiempo, la ciudadela había aparecido en el seno de aquel bosque, tan devastada por los siglos como si jamás se hubiese movido de allí.

Después de muchos tramos de silenciosos pasillos y escaleras poblados únicamente por sombras, una arcada semiderruida los llevó a una estancia de planta circular. El techo abovedado de antaño había cedido hacía mucho tiempo, y ahora la cámara se abría al cielo del exterior. Una tosca y enorme mesa de piedra aguantaba tercamente el deterioro, si bien la hiedra la cubría en buena parte. Junto a ella habían cinco personas más, en actitud de espera.

La primera era una mujer de piel oscura y ojos muy claros, cubierta con una túnica blanca. Junto a ella estaba un hombre espigado y de cráneo afeitado, que vestía las sencillas ropas rojizas de un monje guerrero o un místico de las tierras orientales. En el extremo opuesto se podía ver un hombre de ropajes toscos y aspecto salvaje, adornado con numerosos abalorios de plumas y huesos, cuya mirada oscura dejaba traslucir poco de sus pensamientos. A su lado, otro hombre con un manto de mago color ocre que ocultaba por completo su rostro bajo una capucha.

Pero sin duda la figura que más llamaba la atención era la central: un anciano con un manto rojo y capacete metálico, que se apoyaba sobre un bastón de madera acabado en una gran gema engastada. Su rostro de innumerables arrugas, y su larga barba entrecana evidenciaban su avanzada edad, a pesar de lo cual no aparentaba fragilidad alguna, sino una fuerza tenaz y sarmentosa. El ojo derecho del mago era ciego, cubierto por una fina capa blanquecina.

– Ya estamos todos, Iras – dijo la mujer de piel oscura. – No acudirá nadie más a la llamada.

El anciano del centro suspiró apesadumbrado, como si en el fondo hubiese sabido que habría tan escasa concurrencia a despecho de sus esperanzas.

– Gracias, Vianna – su voz era grave y profunda, una voz que había conocido demasiadas guerras y tragedias. – Acercaos, por favor.

– Espero – replicó Moriah de Dargester – que no hayamos sido citados siguiendo los desvaríos de una de las videntes de Astivera.

La aludida no mostró reacción alguna, como si aquellas palabras no se refiriesen a ella o su orden. La nigromante tampoco persistió en sus pullas, porque en esos momentos entró en la cámara un hombre más, que al parecer había permanecido fuera. Era difícil precisar su edad; lucía numerosas cicatrices en su rostro tatuado y una desgastada armadura de cuero y pieles.

– ¿Qué hace ese guerrero aquí?

El rostro ceñudo del chamán y la vidente daban a entender que la semimuerta no era la única en estar en desacuerdo con la presencia de un no iniciado en el cónclave. El recién llegado dirigió una mirada a Moriah cuyo significado iba mucho más allá de la animadversión o la burla: había reconocimiento detrás de aquellos ojos gris oscuro. Moriah, no obstante, no compartía aquella sensación hacia el desconocido. Si había visto antes a ese bárbaro desharrapado, no se había molestado en fijarse en él.

– Lorbair se ha merecido con creces estar presente – intervino tajante Iras, el anciano Archimago. – Fue uno de los que hizo frente a Rargon… y uno de los pocos que vivió para contarlo.

– Una vez más, esa batalla de la que tanto habláis y que nunca ocurrió.

– Si ya estamos todos, como parece ser – dijo el monje – contadnos, noble Iras, el objeto de esta reunión.

El hechicero sacó de entre los pliegues de su túnica un pergamino enrollado y lo extendió sobre la mesa.

 

 

– ¿Qué representa este mapa? – preguntó el chamán.

– Esto es el mundo – respondió Iras. – El lugar que llamáis Edhalan.

– Eso es imposible – dijo Rynath, la maga elfa. – Esos no son los perfiles correctos de los continentes.

La mirada del archimago se volvió más grave.

– Ese es, precisamente, el problema al que nos enfrentamos.”

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“Tras el Armagedón…” Capítulo II

La historia desde el principio

Moriah de Dargester avanzaba a lomos de su esbelto alazán a través de la arboleda. Su ancha capa púrpura reposaba sobre los cuartos traseros del animal, mientras ella se mantenía, altiva y serena, sobre la silla enjaezada. Aquella era una región agreste y peligrosa, pero Moriah no temía ningún encuentro. Cualquier viajero con el que se topara seguramente temería la vista de su piel violácea y su cabeza totalemente afeitada, que la señalaban como una semimuerta, miembro de una raza de nigromantes. Y en aquel mundo devastado e incierto había mejores y más seguras maneras de conseguir sustento y seguir con vida.

A pocos pasos del corcel caminaba desmañadamente otro testimonio de las artes oscuras de la misteriosa amazona. Se trataba de una criatura baja, contrahecha y grotesca, fabricada a partir de trozos de muertos, que cargaba un pesado baúl. Parecía inconcebible que un ser que no llegaba al metro de altura pudiera con un peso semejante sobre sus espaldas, pero las marionetas de carne que Moriah de Dargester creaba en sus laboratorios subterráneos tenían más fuerza de lo que aparentaban.

La hechicera iba sumida en sus pensamientos, intentando imaginar qué se encontraría una vez llegara a la ciudadela. El mensaje, que daba a entender que no era ella la única que había sido citada, hablaba de un cónclave. El motivo era que el mundo había cambiado tras una hecatombe, y existían demasiadas consecuencias a las que hacer frente y de las que muy poco se sabía.

El problema era que Moriah sabía positivamente que no había sucedido ningún cataclismo, y que el mundo había sido siempre así. Era ridículo pensar que las constelaciones se habían alterado o los valles se habían movido. Los mares seguían donde siempre habían estado.

Aún así, pensaba mientras la foresta aclaraba y dejaba a la vista, sobre lo alto de una meseta, la antigua ciudadela de Arya, algo en aquel mensaje la había intrigado y llamado poderosamente la atención. Después de consultarlo con su espíritu oráculo, este había dado su aprobación, y por tanto Moriah de Dargester había reunido el equipo necesario, escogido su marioneta de carne más fuerte y resistente y había partido.

Y después de un mes de viaje, llegaba a la vista de su destino.

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