“La espada que lo herirá”, Capítulo I

– ¿Podríamos ir un poco más despacio, por favor?

Thornil no podía más. A pesar de que su cuerpo fibroso y bien proporcionado habría hecho pensar que pudiera dejar atrás a los otros tres – salvo quizás al guerrero – era el único que resollaba como un anciano asmático. El ladrón apoyaba sus manos en sus rodillas intentando recuperar la respiración.

Por enésima vez, se preguntó si no habría sido más prudente permitir que esos tres extraños le pegaran una paliza cuando le sorprendieron intentando robar sus caballos, en lugar de dejarse enredar en esa descabellada aventura. Pero cada vez que miraba a la hechicera de piel lívida, cráneo totalmente afeitado y largo manto violeta – una despreciable semimuerta, pensó con un escalofrío – tenía que admitir que aceptar la oferta de los otros dos había sido juicioso. Seguramente la bruja no se habría contentado con darle un simple escarmiento. Las palabras que pronunció cuando se detuvo y volvió la vista al jadeante ladrón le confirmaron esos pensamientos y le helaron la sangre en las venas.

– Nos saldría mejor degollarlo aquí mismo. Podría animar su cadáver. No se quejaría tanto.

Unos metros más allá, la guerrera llamada Tess sonrió. Ella tenía también una piel clara y un largo cabello albino, y se protegía con una elaborada armadura hecha – según Tess había dicho, y Thornil la creía – con la piel de un neftodemonio que ella misma mató. Encima de estas protecciones y correajes, llevaba una capa de cuero negro y cuello alto. En conjunto, parecía alguien con quien no convenía enemistarse. Respondió a las palabras de la hechicera colocándose un mechón de pelo tras la oreja, como si esa fuera la mayor incomodidad de aquel malhadado viaje.

– Ni nos serviría de nada salvo como carne de cañón. Necesitamos un ladrón, Moriah, no un pelele de carne muerta.

– Tampoco os serviría un ladrón al que habéis matado de cansancio como quien revienta una montura al galope – intentó aportar Thornil con voz aún entrecortada.

– Ya queda poco – Lorbair señaló un punto más adelante de la ladera, donde el bosque parecía aclararse.

De los tres, era el ceñudo guerrero quien más intrigaba a Thornil. Era alto, recio pero no excesivamente corpulento, como si sus músculos hubiesen sido entrenados para hallar el perfecto equilibrio entre fuerza y agilidad. Tenía una melena negra de aspecto salvaje, que sujetaba en una pequeña coleta, y sus facciones no dejaban traslucir ninguna emoción. Thornil sería incapaz de contar todas las cicatrices que veía en su piel, allí donde la armadura de cuero curtido la dejaba ver. Pero no era su fiero y montaraz aspecto lo que más intimidaba al ladrón. Era cierta cualidad animal en su forma de moverse y hablar – o no hablar, porque Lorbair era la definición del laconismo – y de husmear en ciertas ocasiones, como si estuviese olfateando algo.

– Quizás me mostraría más animado a avanzar – dijo Thornil – si supiera a dónde vamos y para qué.

Moriah de Dargester hizo una mueca sarcástica.

– Cuéntaselo, cazadora de demonios. Será divertido.

Tess suspiró. Miró a Lorbair, pidiendo su parecer, pero el guerrero se limitó a encogerse de hombros. La albina se rindió. Al fin y al cabo, estaban ya cerca de su destino, y lo bastante lejos de cualquier tierra civilizada como para que el ladrón se planteara dejarlos en la estacada y atravesar esos bosques en solitario.

– Al otro lado de ese collado debemos de encontrar unas ruinas. Nos han dicho que en ellas hay un arma que podremos usar contra un nigromante de gran poder.

– La cazadora de demonios no tiene muchos estudios – dijo Moriah, acercándose a Thornil más de lo que a él le habría gustado. Aquellos ojos tenían la misma calidez y humanidad que dos pedazos de hierro congelados bajo la escarcha. – Lo que ha querido decir con su escaso vocabulario es que vamos a internarnos en una necrópolis que esperamos defendida por toda suerte de trampas y guardianes para buscar una supuesta reliquia en la que ciframos todas nuestras esperanzas para derrotar a Rargon, un semidiós No Muerto que, según nuestro guerrero nacidobestia, asesinó deidades y estuvo a punto de aniquilar toda la existencia.

Thornil los miró a los tres de hito en hito, esperando que todo aquello no fuera más que una broma ridícula. Pero la hechicera estaba disfrutando claramente con su desconcierto, la guerrera albina se mordía el labio como si dijera “intenté suavizarlo”. Y el guerrero… el guerrero simplemente esperaba que terminaran con todo para poder seguir avanzando.

– Por todos los dioses… ¿dónde encajo yo en todo esto?

– Eso me pregunto yo – bufó Moriah, dándose la vuelta, haciendo ondear su manto violeta.

– Por lo que sabemos, los constructores de esas ruinas contaban con ingenieros enanos. Esperamos trampas en nuestro camino, y nos vendría bien un ladrón – explicó Tess.

– ¿Habéis perdido la cabeza? ¡Esto me viene grande! ¡Me gano la vida robando caballos y forzando cerraduras de los cofres de los mercaderes! ¿Y vosotros esperáis que me encargue de trampas construidas por enanos? ¡Además no soy valiente ni sé luchar!

– Déjanos las peleas a nosotros – Tess siguió a Moriah. Lorbair, a la cabeza, tomó esto como una señal de que podían continuar. Thornil lanzó un suspiro de derrota y echó a andar tras ellos.

– Ahorraría tiempo si me diera la vuelta para que me devoraran las fieras.

Sin dejar de caminar, Moriah volvió su lívido rostro, lanzándole una mirada burlona desde detrás del alto cuello de su manto.

– No lo hagas. Las fieras tienen una forma de matar tan burda y salvaje… Y dejan poco que se pueda aprovechar para alguien como yo.

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“El Sueño Negro”, Capítulo X

La historia desde el principio

Aarón Hildegar miró una vez más la trampilla por la que había descendido aquella extraña criatura metamorfa, de ojos pálidos. Todo lo que estaba sucediendo parecía absurdo e irreal. Por el amor de los dioses, hacía menos de media hora que Essere estaba siendo atacada por un coloso nigromántico, cuya aparición había sido precedida por una plaga inexplicable. Pero al mismo tiempo, en lo más hondo de su espíritu, Aarón sabía que todo encajaba en un esquema de mucha mayor trascendencia. Y la llave que abría la puerta de ese inmenso acertijo estaba en un nombre que el metamorfo le había susurrado, un nombre que no significaba nada, y no obstante, había sacudido la razón del hechicero.

– Vamos a bajar, Thog – dijo, mirando a su familiar.

El gato la devolvió la mirada, sin contestar telepáticamente. Ya había informado a su amo de la enorme magia que sentía más allá de la trampilla, y con eso consideraba que su deber estaba cumplido.

Renqueando, Aarón cruzó el hueco de la trampilla y bajó los primeros escalones de madera. Por el rabillo del ojo, advirtió que su enigmático guía permanecía al pie, esperándolo. Aarón llegó hasta abajo, y se volvió.

Se quedó totalmente paralizado por el asombro, incapaz de articular palabra.

Había esperado encontrar el sótano de una más de las casas portuarias de Essere, con sus rincones oscuros, sus toneles apilados, sus amontonados aparejos de pesca, y alguna ocasional rata observando desde algún resquicio a los recién llegados intrusos. Sin embargo, lo que tenía ante sí era un corto pasillo de paredes de alabastro con tres espejos de marco oscuro a cada lado, y un suelo cubierto con baldosas de una roca que parecía obsidiana moteada. En el otro extremo, el corredor terminaba en una puerta única, cerrada, de jambas de piedra gris oscuro, y hoja formada por algún metal pálido, o al menos se le antojó al mago que el material tenía apariencia metálica.

– ¿Qué lugar es éste? – preguntó con voz ahogada, cuando logró recuperarse lo suficiente de su estupor para poder pensar.

Entremundos.

Aarón creyó comprender lo que el ser quería decir. De alguna manera, habían abandonado su plano, la realidad donde estaba la ciudad de Essere y el resto del mundo conocido. Este pasillo de paredes de alabastro era una especie de pasillo de tránsito. A qué lugar conducía era algo que Aarón solo podía conjeturar.

– ¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué yo? ¿Tiene esto algo que ver con la plaga del Sueño Negro que aflige a nuestras ciudades?

Todo está relacionado, mago. El Sueño Negro no es más que un síntoma.

El metamorfo hizo una pausa. Aarón iba a señalar que no había respondido a su segunda pregunta, cuando el humanoide continuó.

La realidad se tambalea, mago. Está recién creada y es inestable.

– ¿Recién creada? ¿De qué estás hablando? Los dioses crearon el mundo hace millones de millones de años. Pueblos como los Faere tienen milenios de historia. Los océanos y los mares están ahí desde los albores de la Creación, como atestiguan los escritos de nuestros sabios…

La Realidad ha sido creada hace poco con millones de años de antigüedad – fue la misteriosa respuesta.

Aarón meditó esas palabras, pero no les encontró ningún sentido. Los acontecimientos le desbordaban, y necesitaba tiempo para pensar y poner en orden sus ideas. El problema es que su guía no iba a dejarle ese margen, pues ya señalaba la puerta blanca con su dedo de piel lechosa:

Tras el umbral está el lugar donde lo entenderás todo definitivamente. Pero antes de traspasarlo, has de ser testigo de un último acto. Mira en ese espejo.

Aarón se acercó entonces a la superficie pulida que le indicaba el metamorfo de rasgos embozados, la primera del pasillo de su izquierda. Estaba fabricado con algún tipo de vidrio azogado, y el marco, ahora que podía verlo de cerca, estaba fabricado en bronce labrado y veteado de oro, con formas sinuosas que evocaban algún tipo de criatura fluida. Al principio solo vio su propio reflejo en el cristal, pero poco a poco se fue formando otra imagen, la de una ruinas de piedra oscura, en un paraje montañoso y lejano, y cuatro figuras que se encaminaban, diminutas en el inmenso y feral paisaje, hacia el lugar abandonado…

 

“El Sueño Negro”, Capítulo IX

La historia desde el principio

“Aarón miraba incrédulo la figura que se hallaba frente a él. Donde segundos antes se encontraba la desconcertante hechicera semimuerta, ahora estaba aquel humanoide de ojos lechosos, rostro embozado y piel amarillo liquen. La conversación con la capitana Thiovel volvieron a su memoria, palabras que insinuaban la presencia de un brujo capaz de cambiar de forma y que ahora cobraban pleno sentido.

El necromante había sospechado desde el principio de Atherion, cuya cordura e intenciones eran más que discutibles. En su lugar, hallaba esta criatura, que lo miraba fijamente sin pronunciar palabra ni hacer ademán alguno, ya fuera amenazador o amistoso. Había colaborado en la destrucción del coloso, lo cual, al menos, era señal de que no era abiertamente hostil.

Miró a Thog. El gato negro le devolvió la mirada con sus ojos color azufre:

“Mente de carne-fluida cerrada, amo.”

Aarón se apoyó en el borde de una caja de madera para incorporarse. La criatura humanoide no hizo ningún movimiento mientras él evitaba apoyarse sobre su pierna defectuosa. Se limitaba a mirarlo con su expresión inescrutable. El necromante se preguntó si, en caso de que el ser lo atacara, sería capaz de defenderse en su estado de fatiga actual.

– ¿Quién eres? Agradecemos la ayuda que has prestado, pero ¿por qué te ocultabas tras el rostro de uno de los nuestros?

En lugar de responder a sus preguntas, el ser dijo:

¿Puedes caminar?

Su voz era tan extraña como él mismo. Era como un susurro levemente grave que se oyera a la vez en la cabeza, en ese punto de la frente entre ambos ojos, y en los oídos.

– Sí, pero…

Sígueme.

El ser abrió una puerta del callejón y lo invitó a entrar. Aarón miró hacia las tinieblas del interior y sopesó la posibilidad de avisar al resto del cónclave de hechiceros.

Tú y tu animal – dijo, como si le hubiese leído el pensamiento. Y por lo que Aarón sabía, bien podría haber sido así.

Resignado a seguir aquel curso de acción hasta el final, Aarón traspasó el umbral. Daba a un aposento ruinoso, donde solo quedaban algunos muebles desvencijados. El ser entró, cerrando la puerta tras él, y se deslizó sin hacer un ruido hacia un rincón del fondo. Apartó unos escombros, dejando a la vista una trampilla. El peso de los restos que había movido y la facilidad con que lo había hecho dieron al mago una idea bastante fiable de la fuerza del silencioso humanoide. Tiró de la anilla de hierro, abriendo la trampilla.

“Amo, magia fuerte debajo”

– Espera un momento – dijo el hechicero. El ser se detuvo y volvió hacia Aarón su rostro envuelto en su manto cárdeno. – Me apartas de los míos y pretendes que te siga hacia lo desconocido. No sé quién eres, ni tan siquiera qué clase de ser eres. ¿No crees que merezco una explicación?

Éste no es el mundo – susurró el humanoide.

Aarón lo miró, perplejo ¿Qué quería decir con esas palabras? No tenían ningún sentido. Ni tampoco, llegado el caso, tenía ningún sentido que él estuviera allí, enfrentándose en solitario a un ser misterioso y con toda seguridad demasiado poderoso para sus posibilidades. Pero luego el ser embozado se acercó, y murmuró a su oído una sola palabra, tan levemente como una palabra pronunciada en sueños, pero que golpeó al mago con una fuerza demoledora. Una única palabra desconocida que tenía tanto significado como el enigma en el que estaba envuelto, mas lo terrible era que Aarón estaba seguro de haberla escuchado antes, en algún otro lugar o momento que no alcanzaba a recordar, por más que lo intentara.

El ser esperaba, silencioso, a que Aarón se recobrase de su estupor. El mago lo miró, con la boca entreabierta, esperando alguna aclaración, alguna ayuda, alguna respuesta.

Abajo.

– ¿Qué… qué hay abajo?

Pero Aarón supo que, hubiese lo que hubiese, descendería a través de la trampilla, a pesar de lo imprudente de la situación, a pesar del aviso de Thog. Porque sin saber el motivo, toda su mente se hallaba ocupada por aquella única palabra murmurada, cuyo significado no podía recordar o comprender. Como en un sueño, oyó al embozado decir con su voz de brisa entre los arbustos:

Renovación.

“El Sueño Negro”, Capítulo VIII

La historia desde el principio

“El titán nigromántico estaba ya casi en aguas del puerto de Essere, alzándose quince metros por encima de los edificios del muelle y los barcos anclados en él. Era aterrador ver cómo los cadáveres que conformaban su cuerpo se retorcían adaptándose a los movimientos de la criatura, unidos entre sí por alguna fuerza desconocida e impía.

– ¿Qué clase de abominación es esa? – preguntó Layen. Su rostro de salamanquesa se volvió hacia Aarón. – Tú eres necromante, Hildegar, es tu especialidad.

– Ni siquiera en mis más negros tomos de hechicería se describe algo así – respondió Aarón.

– ¡No os quedéis ahí quietos! – exclamó Degaal. – ¡Arrojemos a esa monstruosidad de vuelta al mar!

En el puerto, la gente huía presa del pánico, mientras la guardia llegaba a la carrera para intentar hacer frente al coloso. Los alabarderos formaron una fila protectora mientras que los arqueros, en segunda fila, disparaban sus saetas. Pero esa táctica que resultaba eficaz frente a enemigos corrientes, resultaba fútil en esas circunstancias. Las flechas se clavaban en la carne de los cadáveres sin ningún efecto apreciable. Sin emitir un solo sonido, el titán nigromántico hizo pedazos de un puñetazo un velero de tres palos.

El primero en llegar a los muelles, en el momento en que el monstruoso constructo ponía un pie fuera del agua, fue Layen. No perdió un solo segundo: empezó a recitar un conjuro que manipulaba el éter en torno al gigante, de manera que sus movimientos se viesen ralentizados como si estuviera moviéndose en limo espeso. Desde más atrás, Degaal conjuró una esfera de energía dorada en cada mano y las disparó contra la masa de cadáveres, al mismo tiempo que Aarón hacía lo propio con una lanza de sombra chisporroteante. El titán nigromántico retrocedió y uno de los cuerpos se desprendió de su masa, como una astilla arrancada de un árbol. En el momento en que el cadáver impactó contra el suelo, se alzó de nuevo como un zombi reanimado.

– Esto tiene mal aspecto – masculló Aarón a Elatra, cerca de él. – Cada vez que hiramos al engendro, haremos que los muertos que lo conforman se conviertan en un nuevo problema. Hay que pensar otra forma de hacerle frente…

– ¡Olvida las palabras, necromante! – aulló la Alienista. Elatra, enfundada en su ceñida armadura de cuero negro, se lanzó hacia donde el gigante aplastaba en esos momentos a una patrulla de seis guardias, sin que los hechizos protectores de Layen pudieran evitarlo. La Alienista tenía fama de no estar cuerda, y la forma en que se arrojó sobre su enemigo parecía confirmarlo. En mitad del salto, un conjuro que había pronunciado la convirtió en una especie de arpía-demonio de negra piel espinosa, que de inmediato empezó a acosar al titán.

Desde otro flanco, Vanar comenzó a entonar un cántico de poder de sonido tan bajo que hacía vibrar los huesos sin llegar a los oídos. Las piedras bajo el gigante se movieron como dotadas de voluntad propia, y sujetaron los pies del coloso, mientras Degaal lanzaba sobre él otra ráfaga de energía dorada.

El titán nigromántico no daba señales de verse afectado por el ataque conjunto de los archimagos. Nuevos cadáveres animados se desprendían de él con cada nuevo intento, obligando a los soldados y a los hechiceros a lidiar en dos flancos en lugar de uno. Los muertos menores no eran un problema serio para los poderes de los magos de Essere, pero éstos se veían obligados a dividir sus esfuerzos entre proteger a los guardias y encontrar una forma de herir a la abominable creación.

Aarón se disponía a intentar un nuevo sortilegio cuando se le acercó Moriah. La semimuerta interrumpió su concentración y le dijo:

– Tenías razón en lo que le dijiste a Elatra. Así no venceremos. Voy a poner en práctica un encantamiento muy poderoso, pero necesito que me apoyes en él.

Aarón la miró. Esa petición de confianza venía en el peor de los momentos. No tenía forma de saber si Moriah era quien decía ser o si estaba detrás de la aparición del enorme No Muerto, y solo disponía de segundos para tomar una decisión. A su lado, Thog, su familiar, intentó leer en vano la mente de la nigromante, pero eso no significaba nada: Aarón sabía por experiencia que los semimuertos eran inmunes al sondeo psíquico de la mayoría de las criaturas.

El titán nigromántico echó abajo una de las casas del muelle. El polvo y los escombros lo cubrieron todo. En el instante siguiente, sus manos formadas por cadáveres lograron apresar a Elatra y la estrellaron contra un barco, convirtiendo un mástil en astillas.

Jugándose el todo por el todo, Aarón asintió. Tomó las lívidas manos de Moriah, que empezó a recitar una salmodia que el necromante no había oído jamás. Una vez más, se preguntó por el alcance del poder de Moriah de Dargester.

Al principio no sucedió nada. Mas pronto Aarón comenzó a notar cómo afluían energías de otros planos, condensándose en torno a ellos. Moriah cogió parte de las fuerzas de Aarón para darles forma y lanzarlas contra la imponente figura del coloso, que se vio rodeado de un aura de negrura brillante. El cántico de la semimuerta se hizo más potente. El hechicero gritó cuando el conjuro de Moriah absorbió sus propias energías para fortalecer el ataque, y el mundo se convirtió en una sombra difusa más allá del dolor. se arrepintió con cada fibra de su ser de haber confiado en Moriah, pero ya era demasiado tarde. La semimuerta podía terminar de drenar cada brizna de su fuerza vital, y él estaba impotente.

Cuando estaba a punto de perder la consciencia del todo, vio cómo el aura en torno al monstruo se intensificaba, y en una enceguecedora onda de implosión, el coloso se sacudió. Un segundo después, los centenares de cuerpos que lo formaban se desmoronaron sobre el pavimento del puerto, completamente inertes.

Los presentes contemplaron atónitos lo que había sucedido, temiendo quizás que un nuevo horror se levantase en su lugar. Incluso los zombis que habían surgido de su cuerpo se habían derrumbado como si la magia que los animaba se hubiese desecho. Mientras todos se preguntaban qué había sucedido, Moriah arrastró al semiinconsciente Aarón a una calleja cercana, fuera de la vista del resto, y acompañada por el gato negro. Curiosamente, Thog, aunque receloso, no parecía extrañarse de la actitud de la semimuerta. Aarón incluso notaba cómo su familiar intentaba hacerle llegar algo a su cerebro, pero sus palabras sonaban demasiado lejanas y confusas.

Poco a poco, el hechicero recuperaba parte de sus fuerzas. Aún estaba demasiado débil para sostenerse en pie, así que la nigromante lo depositó sobre unas viejas cajas de madera apiladas en un rincón. El hechicero se sentó, encorvado, frotándose las sienes y los ojos y luchando por concentrarse en lo que le rodeaba.

– No sé qué habéis hecho, Moriah, pero…

Aarón se calló de repente. No era la lívida maga la que estaba frente a él, sino otro ser, una criatura desconcertante, de piel amarillenta y rasgos ocultos tras un ropaje cárdeno del estilo de los nómadas del desierto, que lo miraba fijamente con sus ojos carentes de iris y pupila.”

“El Sueño Negro”, Capítulo VII

La historia desde el principio

“Hubo unos segundos de silencio tras las palabras de la hechicera semimuerta. Como si nadie se aventurase a ser el primero en hablar.

Layen, el abjurador taréntida, fue quien rompió el hielo:

– Nadie parece ansioso por revelar que ha encontrado la solución al misterio. Y eso solo puede significar una cosa.

– Abandonemos los sarcasmos, Layen – apuntó severamente Degaal. – Ciñámonos a los hechos y hablemos solo para aportar algo práctico.

– Los hechos – habló por primera vez Ober, con su voz grave cargada de pesimista cansancio – son que esta misteriosa plaga se ha detectado en más de una veintena de ciudades, y si las cifras que tenemos en Essere son un indicativo fiel, este azote debe de haberse cobrado ya casi un millar de víctimas.

– Más las de aquellas aldeas y poblados a los que no nos hemos dignado a prestar atención – añadió Moriah con una fría sonrisa.

Aarón la miró con hostilidad. Era normal que los semimuertos, una casta de nigromantes que había perdido parte de su humanidad en la práctica de la magia, mostrasen un abierto desprecio por el común de los mortales. No obstante, era difícil olvidarse de juzgar su condición tras escuchar palabras tan crueles.

– No las hemos dejado de lado, Moriah – dijo Degaal. – Simplemente es dificil recabar información de las poblaciones más remotas o aisladas del reino.

– Sí, por supuesto. En qué estaría pensando.

Desde las sombras de su embozo, los ambarinos ojos de Vanar seguían la discusión en silencio. Aarón intentó intuir sus pensamientos, pero la expresión del dracónida era inescrutable. Mientras, Elatra, la Alienista, intervino:

– ¿Por qué este fenómeno elude nuestros esfuerzos de hallar una cura y un origen? He consultado con intermediarios de seres del Lejano y ninguno me ha ofrecido respuesta, más allá de la malignidad que impregna al Sueño Negro. Me consta que Layen ha intentado examinar la brujería que se manifiesta en la plaga. Moriah habrá diseccionado o hurgado en los cadáveres o hecho los dioses saben qué. Todos, en resumen, no hemos logrado nada. ¿Qué clase de magia puede resistir todos nuestros esfuerzos combinados? ¿Quién puede…?

Elatra se calló al sentir la mirada de Vanar clavada fijamente en ella. Se dio cuenta de que sus palabras habían revelado más información de la que pretendía mostrar. Poco a poco, el resto de los reunidos advirtieron el sentido de su última pregunta, formulada a medias.

– ¿Insinuáis, Elatra – habló Degaal – que hay alguien detrás de esta plaga?

– ¿Qué más estáis ocultando, Alienista? – dijo Moriah, arqueando una ceja.

Pero antes de que Elatra pudiese decir algo para explicarse o defenderse, la sala entera se estremeció como sacudida por un terremoto, tan violento que hizo temblar las sillas, los incensarios y hasta las columnas, haciendo que cayese una pequeña nube de yeso y mampostería desde el techo. El seismo fue tan intenso como breve, pero bastó para cortar todas las conversaciones y que los siete magos se mirasen entre sí con aire perplejo. Aarón, por su parte, había sentido algo más en el terremoto, algo arcano y siniestro. Miró en dirección a Moriah y sus ojos se cruzaron, confirmando que la semimuerta también lo había notado.

Paradójicamente, fue Vanar el que rompió el silencio:

Salgamos fuera.

Como si estas dos únicas palabras hubiesen sido el desencadenante, o quizá porque el Dracónida hubiera percibido algo que los demás no, empezó a llegar desde las calles un rumor de pánico creciente, seguido de los sonidos apresurados de la guardia de Essere movilizándose. Los restos del concilio, con Degaal a la cabeza, abandonaron la sala y se dirigieron a las grandes puertas, abiertas a una de las plazas principales de la ciudad.

– Por todos los dioses… – musitó la joven hechicera.

La gente de Essere huía en desbandada, alejándose del puerto, mientras la guardia intentaba abrirse paso en dirección contraria. Desde lo alto de las escalinatas de la Torre, se divisaban los barrios mercantiles cercanos al puerto, y los mástiles de los barcos, y el mar más allá. Y sobre todo ello, destacaba el motivo de que el caos hubiese estallado en Essere.

Era una figura ciclópea, humanoide, que debía de sobrepasar los veinte metros de altura, porque en las aguas próximas a la cala sobresalía hasta la altura de las caderas, y con cada paso que daba emergía un poco más.

Pero lo más aterrador de aquella visión, de aquel coloso antropomorfo y antinatural, no se reveló hasta que estuvo a la altura de los primeros barcos fondeados. Entonces pudo verse que su gigantesca masa estaba formada por centenares de cuerpos de hombres y mujeres ahogados, unidos entre sí por algún macabro encantamiento que los hacía funcionar al unísono en aquella blasfema creación nigromántica.

Paralizado por el asombro y el asco, Aarón Hildegar comprendió por fin que la plaga del Sueño Negro no había sido más que el preludio que preparaba un primer acto de destrucción y horror.

“El Sueño Negro”, Capítulo VI

La historia desde el principio

“Aarón Hildegar, seguido por su familiar Thog, subió renqueando la escalinata de mármol que llevaba hasta la Cámara del Concilio. Cuando estuvo frente a la doble puerta – magníficamente labrada, en sus majestuosos tres metros de alto – dos adustos gólems de arcilla abrieron sus hojas para permitirle la entrada.

La Cámara del Concilio era, sin lugar a dudas, el corazón político y arquitectónico de la Torre de Essere. No solo se tomaban allí las pequeñas y grandes decisiones que suponían el gobierno oligárquico de la ciudad, sino que había sido concebida para expresar grandeza y majestuosidad. Tenía planta ovalada, de dimensiones tan vastas que podía contener tres centurias de soldados. Su techo abovedado, sostenido por lisas columnas de alabastro veteadas, estaba adornado con frescos de dragones y dioses. En lo alto, vidrieras de exquisita manufactura enana arrojaban luz en el salón desde el amanecer hasta el anochecer.

Pero si algo destacaba poderosamente en la Cámara del Concilio era la soberbia mesa de caoba circular, tallada con adornos de motivo mitológico, en torno a la cual se sentaban los treinta y séis miembros del consejo de la Torre de Essere. La mesa tenía un hueco de tres metros de diámetro en el centro, como si fuese la pupila de un gigantesco ojo, en el cual había un pozo de piedra blanca, y en este pozo ardía, perennemente, una llama mágica.

Treinta y séis sitios en torno a la mesa, pensó Aarón, y en esos momentos solo había siete miembros, contándole a él. Era claramente un mal augurio.

La primera figura que aguardaba sentada ya en su silla era Moriah, la Sarcomante, hechicera semimuerta, de piel lívida y suntuosos ropajes púrpuras. Cínica y fría, Aarón nunca había sentido simpatía por ella, por más que sí respetara los conocimientos que ella atesoraba.

Dos sitios más allá, de pie, estaba Layen, un Abjurador de la raza de los Taréntidos – humanoides con rasgos de salamanquesa mezclados con facciones humanas – y junto a él, Elatra, una humana Alienista de unos treinta años, expresión severa y largos cabellos negros, vestida con una ceñida armadura de cuero. Formaban una extraña pareja, aún más sabiendo que el arte de ella estaba enfocado hacia el contacto de horrores de otras realidades, y el de él, cazarlos.

En el extremo de la mesa frente a Aarón estaba Degaal, una hechicera Diplomática, una clase de magos que actuaban como embajadores entre países y esferas ajenas al mundo. Degaal era el miembro más joven del Concilio con sus veintidós años, pero no era el menos poderoso: había demostrado una facilidad de aprendizaje, una ambición y un talento innato para esa rama de la magia. Con sus recargados ropajes en rojo y oro, su alta gorguera y su largo cabello recogido en un elaborado peinado, podría haber pasado por un adinerado comerciante burgués, pero Degaal había cerrado negociaciones provechosas con poderosas entidades de otros planos sin que se alterara el ritmo de su corazón.

Ceñudo y pensativo, un poco más allá estaba sentado Ober, el alquimista enano. Retorcía gravemente las puntas de su mostacho rubio que empezaba a blanquear. Levantó la vista cuando los gólems – que él mismo había fabricado – dieron paso al nigromante, pero no dijo nada.

Por último, a la derecha de la enorme mesa, estaba la silenciosa figura de Vanar, el Bardo. Vanar era un dracónido de presencia formidable, una raza de humanoides semidragones, cuyas escamas de tonos plateados y crestas córneas quedaban ensombrecidas bajo la capucha de su manto, dejando ver, eso sí, el brillo de sus ojos de ámbar. Vanar era una presencia silenciosa y cargada de poder, pero el motivo de que apenas hablase y se comunicase únicamente a través de vagos signos corporales no era otro que callar su voz por propia voluntad. La raza de los dracónidos tenía en su voz un poder de hechizo tan fuerte como el glamour de las hadas, y subyugaba sin dificultad las voluntades. Vanar se veía obligado a controlar esa facultad; Aarón en ocasiones se estremecía pensando en que a Vanar no le costaría esfuerzo convertir a los presentes en esclavos del sonido de su voz.

El necromante los sometió a un breve pero intenso escrutinio. A la luz de lo que le había revelado la capitana Thiovel, era muy posible que uno de los allí presentes no fuera quien parecía ser. Atherion podía esconderse con facilidad bajo cualquier aspecto. Ahora el inestable mago metamorfo actuaba por su cuenta por motivos desconocidos, y eso lo intranquilizaba bastante. ¿Incluían esos planes introducirse en el Concilio con el rostro de otro hechicero?

Tendría que prestar especial atención a lo que se diría esa noche allí. Y a lo que él mismo decía.

– ¿Dónde están los demás?

Fue Elatra la que contestó:

– No habrá “demás”, Hildegar. Somos todos los que estamos. Siete de treinta y séis.

– La mayoría de los miembros del Concilio – explicó Degaal – han partido a otras ciudades donde la plaga del Sueño Negro ha brotado y comenzado a causar estragos. Dos de ellos siguen pistas de posibles remedios. El único que contábamos que quedara por llegar es Caromn, el Adivino.

– Caromn no vendrá – dijo la Alienista. – No sé qué ha sido de él, pero me han asegurado que su espíritu ya no está entre nosotros.

Nadie preguntó por las fuentes donde Elatra había conseguido esa información. Pero Aarón vio que Vanar asentía confirmando la versión de la hechicera vestida con la armadura de cuero negro.

– Entonces ya estamos todos – dijo Moriah. – No perdamos más tiempo. Que los que no están sentados ocupen sus sitios y empecemos a discutir este enojoso problema.”

“El Sueño Negro”, Capítulo V

La historia desde el principio

“En otro lugar de Essere, Caromn, hechicero Adivinador de la Torre de Essere, montaba guardia en un callejón oscuro, frente a una sólida puerta de roble.

 Caromn se mesó distraídamente la desordenada y corta barba. Aquella mañana, en sus cámaras privadas de la Torre, había consultado los augurios en las entrañas de un ternero, buscando las claves para resolver la extraña plaga que estaba azotando la ciudad. Tras varias horas de ritual, los Poderes le habían revelado un sitio y un momento, y el Adivinador no había faltado a la cita. Eso había supuesto faltar al cónclave en la Cámara de Topacio, pero los pensamientos de Caromn siempre habían seguido sus propios caminos. Ni siquiera se preocupaba por lo que el resto de los hechiceros preguntaran cuando regresara a la Torre. Ellos podían hablar en torno a sus mesas todo lo que quisieran, mientras Caromn se encontraba en el corazón del enigma, enfrentándose a la pesadilla.

 Las entrañas le habían hablado de aquel callejón frente a la puerta, a la hora en que la luna había ido más allá del cénit. La ciudad dormía inquieta; en todas partes latía el miedo a ser la siguiente víctima de la caprichosa plaga. La mayoría de las pocas personas que permanecían fuera de sus casas pertenecían a la guardia de la ciudad, que custodiaba fuertemente los muelles. Tenían orden de retener a todos aquellos que, poseídos por aquella extraña aflicción, intentara arrojarse al mar. El problema es que después la única alternativa era encerrarlos bajo llave, sin saber qué hacer con ellos. Los dirigentes presionaban a los sabios de la Torre para que encontraran un remedio, pero hasta el momento todos los esfuerzos habían sido infructuosos.

 Caromn no apartaba los ojos de la puerta. No sabía a quién pertenecía, ni si su objetivo era alguien que iba a salir, alguien que iba a entrar o incluso alguien que simplemente fuera a pasar por allí. Los Poderes daban solo la información que ellos consideraban pertinente, pero el Adivino sabía que, aunque confusa, la información siempre era suficiente. Confiaba en los Poderes: en su debido momento, el significado de la visión inspirada por las entrañas se le aparecería claro e indistinto.

 Sin embargo, las horas transcurrieron con una monotonía plomiza. Ni un solo viandante cruzó el callejón. La puerta de roble no se movió. Caromn ni siquiera se dio cuenta de que empezaba a cabecear, cuando las largas horas de trabajo en su cámara de los días anteriores se cobraron su precio, y finalmente se sumió en un duermevela ligero.

 La siguiente vez que Caromn abrió los ojos, estos brillaban con una luz negra y vacía.

 Lenta, espasmódica pero implacablemente, Caromn empezó a caminar en dirección al mar. La guardia de la ciudad, ocupada en controlar otra zona del puerto donde se acumulaban una docena de sonámbulos, no le cerró su camino hacia las profundidades del océano.”