Consejos de Bardo: Inspírate en lugares reales

Como se suele decir, la realidad supera a la ficción. Muchos escritores se basan en localizaciones del mundo real para ambientar con más detalle sus historias, así que tú puedes seguir el mismo truco. Cuando una de las temporadas de “Juego de Tronos” se ha rodado en Córdoba no es pura casualidad: el propio George R. R. Martin buscó inspiración en la antigua Al-Ándalus para una de las culturas de su mundo (y no decimos más para no destripar a los que no hayan llegado hasta allí en la lectura).

A poco que viajes, encontrarás castillos, pueblos que conservan cierta atmósfera medieval, bosques frondosos, parajes montañosos, cuevas con impresionantes formaciones estalactíticas y costas con acantilados. Todos ellos seguramente son lugares que bien podrían estar también en tu cosmos de ficción, así que ¿por qué no aprovecharlos para llenar tus descripciones de detalles cargados de realismo? Antiguamente, muchos artistas hacían dibujos y cuadros para captar la esencia de los paisajes; hoy en día, para los que no tenemos ese talento están las cámaras compactas.

Es cierto que siempre está la alternativa de buscar fotos en internet, pero créenos: no tiene ni punto de comparación con visitar los lugares en persona. Estar en el interior de una gruta despierta sensaciones y emociones que no transmite una foto, y esas impresiones las puedes aprovechar para enriquecer después tus relatos. Además, puedes buscar ángulos especiales, anotar o fotografiar detalles con más facilidad e imaginarte cómo se desenvolverían tus personajes en ese lugar en concreto ¿Te has parado alguna vez en lo complicado que debía de ser pelear en los estrechos pasillos de la mayoría de las fortificaciones? ¿A qué velocidad crees que podrías viajar por una agreste y pedregosa ladera de montaña?

Así que ya sabes, cuando salgas de viaje, lleva tu cámara a punto y pregúntate si los lugares que visitas podrían quedar bien en tus escritos. Intenta imaginarte a un dragón dormitando en esa cueva del cortado montañoso, o cómo quedaría un ogro de las colinas agazapado en ese acantilado junto a la playa en la que estás mojando los pies ¡Te asombrarás del provecho que se le puede sacar!

 

El Rincón del Escriba

Hace un par de años se estrenó la película “El Séptimo Hijo”, basada en una serie de libros de Joseph Delaney. Yendo en contra de nuestra costumbre habitual, vimos la película antes de leer los libros, y ahora que ya hemos terminado la trilogía, estamos en condiciones de dar una opinión al respecto.

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Libro y película, como suele pasar, son productos distintos. La película es un despliegue de efectos especiales, monstruos variopintos y acción desenfrenada, muy visible y entretenida, disfrutable por los amantes del género. Los libros (que sepamos hay tres, aunque el tercero tiene un final bastante abierto que parece indicar que hay (o habrá) un cuarto) tienen un ritmo distinto, mucho más pausado (aunque tienen sus momentos de clímax, por supuesto), con un tratamiento más profundo de la atmósfera, los personajes y la historia del mundo donde se desarrolla el relato. Se cuenta con mucho más detalle el proceso de aprendizaje del protagonista y toda una mitología de “lo Oscuro”, las fuerzas demoníacas que exigen que haya en el mundo gente como el Espectro, consagradas a enfrentarse a ello.

El eje de los libros es el aprendizaje del joven Thomas Ward, séptimo hijo de un séptimo hijo, en el oficio de Espectro, un grupo reducido de personas cazadoras de brujas, boggarts, fantasmas y demás criaturas fantásticas. Veremos pasar poco a poco al joven Ward de ser un alumno inseguro del Espectro que lo adiestra, a una persona mucho más segura y experta en su oficio, mientras brega con una relación amorosa de dudosos frutos con una joven y hermosa bruja.

 

Un dragón en casa

¿Os apetece tener vuestro propio dragón en la habitación o en el cuarto, vigilando el lugar? Pues atentos a esta alucinante manualidad. Solo tenéis que imprimir el siguiente patrón en cartulina, armaros de tijeras y pegamento y poneros manos a la obra. Cuando lo terminéis, observad el resultado a cierta distancia y moveos hacia un lado y hacia otro ¡Os seguirá con la mirada! Increíble pero cierto, como podéis ver en el vídeo ¡Hasta parece que mueve la cabeza para mirar hacia vosotros!

 

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“El Sueño Negro”, Capítulo X

La historia desde el principio

Aarón Hildegar miró una vez más la trampilla por la que había descendido aquella extraña criatura metamorfa, de ojos pálidos. Todo lo que estaba sucediendo parecía absurdo e irreal. Por el amor de los dioses, hacía menos de media hora que Essere estaba siendo atacada por un coloso nigromántico, cuya aparición había sido precedida por una plaga inexplicable. Pero al mismo tiempo, en lo más hondo de su espíritu, Aarón sabía que todo encajaba en un esquema de mucha mayor trascendencia. Y la llave que abría la puerta de ese inmenso acertijo estaba en un nombre que el metamorfo le había susurrado, un nombre que no significaba nada, y no obstante, había sacudido la razón del hechicero.

– Vamos a bajar, Thog – dijo, mirando a su familiar.

El gato la devolvió la mirada, sin contestar telepáticamente. Ya había informado a su amo de la enorme magia que sentía más allá de la trampilla, y con eso consideraba que su deber estaba cumplido.

Renqueando, Aarón cruzó el hueco de la trampilla y bajó los primeros escalones de madera. Por el rabillo del ojo, advirtió que su enigmático guía permanecía al pie, esperándolo. Aarón llegó hasta abajo, y se volvió.

Se quedó totalmente paralizado por el asombro, incapaz de articular palabra.

Había esperado encontrar el sótano de una más de las casas portuarias de Essere, con sus rincones oscuros, sus toneles apilados, sus amontonados aparejos de pesca, y alguna ocasional rata observando desde algún resquicio a los recién llegados intrusos. Sin embargo, lo que tenía ante sí era un corto pasillo de paredes de alabastro con tres espejos de marco oscuro a cada lado, y un suelo cubierto con baldosas de una roca que parecía obsidiana moteada. En el otro extremo, el corredor terminaba en una puerta única, cerrada, de jambas de piedra gris oscuro, y hoja formada por algún metal pálido, o al menos se le antojó al mago que el material tenía apariencia metálica.

– ¿Qué lugar es éste? – preguntó con voz ahogada, cuando logró recuperarse lo suficiente de su estupor para poder pensar.

Entremundos.

Aarón creyó comprender lo que el ser quería decir. De alguna manera, habían abandonado su plano, la realidad donde estaba la ciudad de Essere y el resto del mundo conocido. Este pasillo de paredes de alabastro era una especie de pasillo de tránsito. A qué lugar conducía era algo que Aarón solo podía conjeturar.

– ¿Por qué me has traído aquí? ¿Por qué yo? ¿Tiene esto algo que ver con la plaga del Sueño Negro que aflige a nuestras ciudades?

Todo está relacionado, mago. El Sueño Negro no es más que un síntoma.

El metamorfo hizo una pausa. Aarón iba a señalar que no había respondido a su segunda pregunta, cuando el humanoide continuó.

La realidad se tambalea, mago. Está recién creada y es inestable.

– ¿Recién creada? ¿De qué estás hablando? Los dioses crearon el mundo hace millones de millones de años. Pueblos como los Faere tienen milenios de historia. Los océanos y los mares están ahí desde los albores de la Creación, como atestiguan los escritos de nuestros sabios…

La Realidad ha sido creada hace poco con millones de años de antigüedad – fue la misteriosa respuesta.

Aarón meditó esas palabras, pero no les encontró ningún sentido. Los acontecimientos le desbordaban, y necesitaba tiempo para pensar y poner en orden sus ideas. El problema es que su guía no iba a dejarle ese margen, pues ya señalaba la puerta blanca con su dedo de piel lechosa:

Tras el umbral está el lugar donde lo entenderás todo definitivamente. Pero antes de traspasarlo, has de ser testigo de un último acto. Mira en ese espejo.

Aarón se acercó entonces a la superficie pulida que le indicaba el metamorfo de rasgos embozados, la primera del pasillo de su izquierda. Estaba fabricado con algún tipo de vidrio azogado, y el marco, ahora que podía verlo de cerca, estaba fabricado en bronce labrado y veteado de oro, con formas sinuosas que evocaban algún tipo de criatura fluida. Al principio solo vio su propio reflejo en el cristal, pero poco a poco se fue formando otra imagen, la de una ruinas de piedra oscura, en un paraje montañoso y lejano, y cuatro figuras que se encaminaban, diminutas en el inmenso y feral paisaje, hacia el lugar abandonado…